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Del aula al Nobel: el modelo de las cuatro C de la creatividad

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En 1950, J. P. Guilford aprovechó su discurso como presidente de la American Psychological Association para advertir que la creatividad era un campo esencial y, a la vez, casi ignorado: apenas el 0,2 % de la investigación psicológica se ocupaba de ella. Medio siglo después el panorama se había invertido —más de 10.000 artículos sobre creatividad en una sola década—, pero con un costo inesperado. Al revisar 90 artículos con la palabra “creatividad” en el título, Plucker, Beghetto y Dow (2004) encontraron que solo el 38 % definía explícitamente qué entendía por ella.

En ese contexto, James C. Kaufman y Ronald A. Beghetto publicaron en 2009, en la Review of General Psychology, un artículo breve con una ambición considerable: superar la división clásica entre la creatividad cotidiana (little-c) y la creatividad eminente (Big-C). Su propuesta, el modelo de las cuatro C, añade dos categorías —mini-c y Pro-c— para describir con más precisión dónde ocurre la creatividad y cómo se desarrolla a lo largo de la vida.


El problema de una dicotomía demasiado gruesa

La mayoría de las investigaciones, observan los autores, sigue uno de dos caminos. Uno estudia la creatividad eminente —los genios, las obras que perduran, los ganadores de premios como el Pulitzer— y suele denominarse Big-C. El otro se ocupa de la creatividad cotidiana, presente en casi todas las personas: improvisar una receta con sobras o encontrar una solución ingeniosa a un problema de horarios en el trabajo. Es el terreno de la little-c, donde se ubica la mayoría de los estudios con estudiantes y niños.

La distinción es útil, reconocen Kaufman y Beghetto, pero esconde matices importantes. Bajo la etiqueta little-c quedan agrupados, por ejemplo, el estudiante de octavo básico que descubre un uso personal de una técnica de sombreado y el artista aficionado que gana un concurso local con una técnica propia. Y entre la creatividad cotidiana y la eminente queda un vacío: el músico de jazz que vive de su oficio —sin ser John Coltrane— no encaja bien en ninguna de las dos categorías.


Big-C y little-c: los dos polos clásicos

La Big-C abarca contribuciones creativas claras y eminentes. Los autores citan como ejemplos los trabajos de Dean Keith Simonton sobre el genio creativo y el modelo de sistemas de Csikszentmihalyi, en el que la creatividad surge de la interacción entre un dominio, un campo —los “guardianes”: profesores, editores, críticos— y una persona. Las investigaciones de Simonton sobre edad y logro sugieren, además, que la producción creativa de nivel Big-C comienza en la veintena, alcanza su punto más alto cerca de los 40 años y luego declina gradualmente.

La little-c, en cambio, muestra que el potencial creativo está ampliamente distribuido. En este nivel encaja bien, según los autores, el modelo componencial de Amabile, con sus habilidades del dominio, sus habilidades propias de la creatividad y la motivación por la tarea. También la definición de Plucker y colegas, para quienes la creatividad es la interacción entre aptitud, proceso y entorno mediante la cual una persona o un grupo genera un producto perceptible, novedoso y útil dentro de un contexto social. El nivel little-c ha servido, además, para desmontar mitos: que solo algunas personas son creativas o que la creatividad va de la mano con formas negativas de desviación.


Mini-c: la creatividad que ocurre al aprender

La primera ampliación del modelo es la mini-c, una categoría que Beghetto y Kaufman ya habían propuesto en 2007. La definen como la interpretación novedosa y personalmente significativa de experiencias, acciones y eventos. Es la creatividad inherente al proceso de aprendizaje: la que aparece cuando un estudiante comprende un concepto a su manera o construye una metáfora propia. Los autores la vinculan explícitamente con la concepción vygotskiana del desarrollo, según la cual todas las personas tienen un potencial creativo que nace de transformar —no solo copiar— las herramientas culturales que reciben.

El ejemplo del artículo es elocuente: un estudiante de cuarto básico que tiene ideas propias sobre si Plutón debería considerarse un planeta. Si la little-c es la única alternativa a la Big-C, esas intuiciones terminan comparadas con las de un estudiante de posgrado en astronomía o incluso con las de un astrónomo profesional. Juzgada con ese estándar, su creatividad pasa inadvertida o se desalienta. La mini-c protege ese potencial y recuerda que una idea que todavía no se ha expresado de forma tangible puede ser, igualmente, un acto creativo.

Los autores insisten en que la mini-c no es solo cosa de niños. La apertura a nuevas experiencias, la observación activa y la disposición a dejarse sorprender —la “mente de principiante”— caracterizan a todos los creadores y son el germen de creaciones que, con el tiempo, pueden llegar a ser reconocidas.


Pro-c: la creatividad profesional que no cabía en ninguna parte

La segunda ampliación responde al problema opuesto. La Big-C casi siempre exige una evaluación póstuma: puede tomar décadas saber si una obra perdurará, y la historia está llena de creadores célebres en su tiempo y hoy olvidados. Los autores contrastan a Jean-Louis-Ernest Meissonier, pintor cuya obra fue presentada a Napoleón III, con Manet, que se volvió legendario. Si solo existe la Big-C, estudiar a creadores vivos con algún grado de certeza resulta casi imposible.

La Pro-c representa “la progresión evolutiva y esforzada más allá de la little-c” (p. 5), propia de quien alcanza un nivel de experticia profesional en un ámbito creativo sin haber llegado —todavía, o quizás nunca— al estatus eminente. El concepto es coherente con la investigación sobre experticia, que sugiere que se necesitan unos diez años de preparación intensiva para alcanzar un nivel experto en un dominio. Kaufman y Beghetto lo ilustran con Marcus, un novelista ficticio con cuatro libros bien recibidos: ubicarlo en la little-c minimiza lo que ha logrado; ubicarlo en la Big-C es prematuro.


Una trayectoria, no una escalera

El modelo describe una posible trayectoria de desarrollo, no una progresión rígida. Casi todas las personas comienzan en la mini-c; con práctica y estímulo pueden llegar a la little-c y, tras años de formación —un aprendizaje formal o junto a mentores más experimentados—, a la Pro-c. Hay quienes avanzan en un ámbito y permanecen en la little-c en otros: un chef de nivel Pro-c puede disfrutar escribiendo poesía como aficionado. Y hay saltos: Einstein hizo algunas de sus contribuciones más profundas mientras trabajaba en la oficina de patentes suiza, sin ser un físico profesional.

Los autores recorren el modelo completo con la vida de Helen Keller. Su descubrimiento de que el signo trazado en su palma correspondía al agua fue un momento mini-c; sus estudios y su autobiografía, little-c; su activismo, Pro-c. El paso a la Big-C es más difícil de precisar —como en cualquier caso—, aunque en su vejez ya era una candidata evidente. El modelo reconoce también destinos distintos: la reflexión, es decir, la creatividad por el gusto de expresarse; el estancamiento de algunos profesionales; y, en el extremo superior, la categoría de “leyenda”, reservada a figuras como Newton o Einstein.


Qué cambia al distinguir cuatro niveles

La ventaja práctica del modelo es que ordena preguntas que solían mezclarse. La forma de evaluar la creatividad, por ejemplo, depende del nivel: en la mini-c tienen más sentido las autoevaluaciones y los métodos microgenéticos; en la little-c, las valoraciones de profesores, padres y pares, los tests psicométricos —como los tests de Torrance— y la técnica de evaluación consensuada; en la Pro-c, el juicio de expertos, las citas y los premios; y en la Big-C, los grandes reconocimientos y las medidas historiométricas.

El modelo ayuda también en debates abiertos. Los autores sostienen que la creatividad se vuelve más específica de un dominio a medida que se avanza de la mini-c a la Big-C, y que la motivación intrínseca es especialmente importante en los niveles mini-c y little-c, donde el interés todavía es frágil y las recompensas externas pueden desplazarlo. Citan, además, un estudio de Beghetto (2006) en el que la retroalimentación positiva de los profesores sobre la creatividad de sus estudiantes fue el predictor único más fuerte de lo que esos estudiantes creían sobre su propia creatividad.


Un marco para no perder creatividad en el camino

La conclusión de Kaufman y Beghetto advierte de un doble riesgo: si se piensa solo en términos de little-c y Big-C, se puede pasar por alto el potencial creativo de los niños y, al mismo tiempo, minimizar el trabajo de los creadores profesionales. El modelo de las cuatro C ofrece el nivel de especificidad necesario para situar teorías e investigaciones previas, y señala los aspectos de la creatividad que todavía requieren estudio.

Para los investigadores, el modelo es una invitación a declarar qué nivel de creatividad están estudiando. Para los educadores, el mensaje es directo: la mayor parte de la creatividad del aula es mini-c, y reconocerla —en lugar de compararla con estándares de expertos— es la condición para que crezca. Para los profesionales, la Pro-c valida un recorrido que exige años de práctica deliberada. Por eso el curso de creatividad dedica su primera semana precisamente a reconocer los distintos tipos de creatividad: es el punto de partida para desarrollarla con método.


Fuente original: Kaufman, J. C., & Beghetto, R. A. (2009). Beyond big and little: The Four C model of creativity. Review of General Psychology, 13(1), 1–12. https://doi.org/10.1037/a0013688

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