Publicado el

Pensamiento divergente: por qué un test no mide la creatividad, sino su potencial

tests-pensamiento-divergente

Pocas herramientas de la psicología han despertado tanto entusiasmo —y tanta desconfianza— como los tests de pensamiento divergente. En sus comienzos, muchos creyeron que podrían reemplazar a las pruebas de coeficiente intelectual. Luego los críticos mostraron que sus predicciones eran, en el mejor de los casos, moderadas, y el péndulo se fue al otro extremo: estos tests, y con ellos todos los tests de creatividad, quedaron en entredicho.

En 2012, Mark A. Runco y Selcuk Acar, de la Universidad de Georgia, publicaron en la Creativity Research Journal una revisión para ordenar esa discusión. El artículo formaba parte de un número especial dedicado a los indicadores del talento creativo, y su pregunta es precisa: ¿qué tan confiables y qué tan válidos son los tests de pensamiento divergente, y qué indican en realidad?


Muchas respuestas para una misma pregunta

Los tests de pensamiento divergente plantean preguntas abiertas, que admiten numerosas respuestas. Para los autores, esa forma de pensar es una buena metáfora del tipo de cognición que debería conducir a ideas originales, y se entiende mejor por contraste con el pensamiento convergente, que suele llevar a ideas y soluciones convencionales, “correctas”. La distinción —explicada en detalle en el artículo sobre pensamiento divergente y convergente— viene de J. P. Guilford, quien vinculó lo que llamó producción divergente con el potencial creativo.

La idea central del artículo es, justamente, la de potencial. El pensamiento divergente suele llevar a la originalidad, el rasgo central de la creatividad, pero no es lo mismo que el pensamiento creativo: alguien puede obtener un buen puntaje en uno de estos tests y no desempeñarse nunca de manera creativa. Por eso Runco y Acar los tratan como indicadores, es decir, predictores. Un buen indicador es confiable y preciso, pero toda predicción conlleva incertidumbre, y el potencial que estima puede cumplirse o no.


Cómo se mide: cuatro formas de contar ideas

En 1981, Hocevar distinguió cuatro tipos de tests de creatividad: los de pensamiento divergente, los inventarios de actitudes e intereses, los de personalidad y los biográficos. Los primeros dominaron la evaluación de la creatividad durante décadas, y eso trajo un problema: a veces se los tomó por tests de creatividad, una interpretación que los autores consideran insostenible.

La mayoría de estos tests se fija hoy en cuatro índices:

  • Fluidez: la cantidad de ideas que produce una persona.
  • Originalidad: qué tan novedosa o estadísticamente infrecuente es una idea dentro de un grupo.
  • Flexibilidad: la variedad de categorías conceptuales que abarcan las ideas.
  • Elaboración: el índice menos usado; aparece cuando alguien sigue una misma cadena de asociaciones por cierta distancia.

Con demasiada frecuencia se usa solo la fluidez, y los autores lo desaconsejan: los otros índices aportan información propia, y la fluidez está menos ligada a la creatividad que la originalidad y la flexibilidad. Entre las baterías clásicas figuran las de Guilford, las de Wallach y Kogan y los tests de Torrance, todavía muy populares (ver el estudio sobre el test de Torrance).


¿Son confiables?

La confiabilidad indica si un test da resultados estables y consistentes, y es el punto de partida de cualquier evaluación: un test poco confiable no puede ser válido. Cuando el puntaje exige el juicio de evaluadores —por ejemplo, decidir si una idea es original—, hay que comprobar que los jueces coincidan. Las cifras que reúnen Runco y Acar son tranquilizadoras: Meeker informó un acuerdo entre evaluadores muy superior a 0,90; Urban y Jellen, de 0,90; y Wallach y Kogan, de 0,92, en una escala en la que 1 sería el acuerdo perfecto.

Otra forma de confiabilidad es la consistencia interna: si las distintas tareas de un test apuntan en la misma dirección. En una revisión de Cropley, esos valores iban de 0,42 a 0,97, aunque la mayoría superaba 0,70. Hubo, eso sí, una alerta: según los análisis de Hocevar, la originalidad dejaba de ser confiable al descontar la fluidez, y se concluyó que la fluidez la “contaminaba”. Runco y Albert (1985) matizaron esa conclusión: en algunos tests y muestras, sobre todo entre personas de mayor habilidad, la originalidad sigue siendo confiable aun controlando la fluidez.


¿Miden lo que dicen medir?

La validez se pregunta si un test mide realmente lo que pretende medir, y es lo contrario del sesgo. Un test muy dependiente del lenguaje, por ejemplo, favorecerá a las personas con más habilidad verbal, sin importar su creatividad. Los autores mencionan también sesgos asociados al nivel socioeconómico y a la experiencia.

Un punto delicado es la relación con la inteligencia. Según la teoría del umbral, cierto nivel de inteligencia es necesario, pero no suficiente, para el trabajo creativo; en niveles moderados y altos, la evidencia confirma que ambas se separan. Eso respalda la validez discriminante de estos tests, es decir, que miden algo distinto de la inteligencia general. El contexto también pesa: Wallach y Kogan observaron que, con instrucciones de examen, la separación era baja, y que con instrucciones que presentaban la tarea como un juego era muy clara.

La validez predictiva —si el test anticipa logros creativos futuros— depende de elegir bien el criterio. Kogan y Pankove obtuvieron predicciones pobres en quinto básico y apenas mejores en segundo medio, mientras que otros estudios lograron resultados mucho mejores con los mismos tests. Runco, Plucker y Lim sostuvieron que muchos criterios dependían de oportunidades y factores ajenos a la generación de ideas. Con una escala que solo pregunta por esa conducta, las correlaciones fueron alentadoras, y la falta de relación con las notas escolares sumó evidencia de validez discriminante.


Cómo puntuar las ideas

Más importantes que los tests nuevos, señalan los autores, son las formas alternativas de puntuarlos. Los cuatro índices de Torrance están muy correlacionados entre sí y usarlos todos es laborioso, por lo que Wallach y Kogan propusieron usar solo dos: la fluidez y la unicidad de las ideas. Otros agregaron la calidad. Cropley, por ejemplo, propuso dar 4 puntos a las ideas que produce menos del 1 % de la población, 3 a las del 1 al 2 %, 2 a las del 3 al 6 %, 1 a las del 7 al 15 % y 0 al resto.

Cada sistema tiene costos. Dividir la originalidad por la fluidez elimina la contaminación, pero oculta la productividad: quien da dos ideas, una de ellas única, obtendría el mismo puntaje que quien da diez, cinco de ellas únicas. Sumar los índices sin más es, para los autores, la opción menos defendible. Entre las alternativas que mejor resultaron están ponderar la fluidez según la rareza de cada idea y pedir a los jueces que evalúen el conjunto completo de ideas de cada persona, en lugar de juzgarlas una por una, lo que además ahorra tiempo.


Generar no basta: el papel de la evaluación

Por sí solo, explican Runco y Acar, el pensamiento divergente llevaría a ideas descabelladas: algunas podrían ser creativas, pero muchas serían poco realistas, inútiles o irrelevantes. Por eso el juicio y la evaluación son parte del proceso creativo. Cuando Khandwalla pidió a un grupo de personas pensar en voz alta mientras resolvían problemas abiertos, el camino más frecuente combinaba generar ideas y evaluarlas: lejos de oponerse, ambas actividades se potenciaban.

Evaluar mal también tiene costos. Puede llevar a abandonar demasiado pronto un camino prometedor, lo que se conoce como cierre prematuro, y los estudios revisados muestran que las personas cometen más errores al juzgar las ideas más originales, cuyo mérito tienden a subestimar. La buena noticia es que esta habilidad se entrena: cuando Runco y Basadur capacitaron a un grupo de gerentes en la evaluación de ideas, sus elecciones correctas aumentaron y las incorrectas disminuyeron.

Los niños también evalúan. En un estudio con estudiantes de cuarto a sexto básico, fueron más precisos al juzgar qué tan populares eran unas ideas que al juzgar qué tan creativas eran, y esa precisión no dependía de su inteligencia. Otro trabajo, con niños de tercero a quinto básico, no encontró el bajón de cuarto básico que Torrance y otros habían descrito: en esa muestra, el pensamiento divergente alcanzó su punto más alto precisamente en cuarto.


Un buen indicador, no un veredicto

Runco y Acar cierran con la imagen del péndulo. Tras el entusiasmo y el rechazo, estudios psicométricos más cuidadosos mostraron que la validez de estos tests es tan buena como la que se encuentra en la evaluación psicológica en general, con algunos coeficientes superiores a 0,6. La base de esa conclusión es sencilla: los tests de pensamiento divergente no son tests de creatividad, sino estimaciones del potencial para resolver problemas de forma creativa. En palabras de los autores, el pensamiento divergente “no es sinónimo de creatividad” (p. 72).

Con esa premisa asumida, la investigación ya mira más allá: quienes tienen más habilidad de pensamiento divergente juzgan más rápido si dos conceptos están relacionados (Vartanian y colegas), y la fluidez, a diferencia de la originalidad, se asocia con genes ligados a la recepción de dopamina (Runco y colegas).

Para los investigadores, el artículo es una guía para elegir con cuidado criterios y sistemas de puntuación. Para los educadores, recuerda que un buen puntaje señala potencial, no creatividad garantizada, y que evaluar la creatividad de los estudiantes exige mirar más allá de la cantidad de ideas. Para los profesionales, que generar opciones es solo una parte del trabajo: también hay que saber evaluarlas. Por eso el curso de creatividad dedica la Semana 6 a reconocer el pensamiento divergente y el convergente, y la Semana 8 a desarrollar el pensamiento divergente.


Fuente original: Runco, M. A., & Acar, S. (2012). Divergent thinking as an indicator of creative potential. Creativity Research Journal, 24(1), 66–75. https://doi.org/10.1080/10400419.2012.652929

Aprende creatividad con método

El curso de creatividad de Mario Miqueles: 20 semanas, 4 unidades y un proyecto final, en línea o en formato libro.