¿Por qué hay estaciones del año? Cuando el Private Universe Project, de la Universidad de Harvard, hizo esa pregunta a 23 graduados, exalumnos y profesores de esa universidad, 21 no supieron explicarlo. Uno de ellos acababa de cursar una asignatura sobre el movimiento de los planetas y, aun así, creía que el verano llega porque la Tierra se acerca al Sol. Para Joseph D. Novak y Alberto J. Cañas, el caso muestra cuán difícil es cambiar una idea cuando se ha aprendido de memoria, y por qué hacen falta herramientas que ayuden a aprender con sentido.
Esa herramienta es el mapa conceptual. Nació en 1972, en el programa de investigación de Novak en la Universidad de Cornell, y en este informe técnico del Florida Institute for Human and Machine Cognition (IHMC) —fechado en 2006 y revisado en 2008— ambos autores explican su origen, la teoría del aprendizaje que lo sustenta y cómo construir y usar buenos mapas.
Qué es un mapa conceptual
Un mapa conceptual es una herramienta gráfica para organizar y representar el conocimiento. Tiene dos piezas básicas. Los conceptos van dentro de círculos o recuadros, y los autores los definen como una regularidad percibida en hechos u objetos, designada con una etiqueta, casi siempre una palabra. Las palabras de enlace, escritas sobre la línea que une dos conceptos, indican cómo se relacionan. Dos o más conceptos unidos de ese modo forman una proposición: una afirmación con sentido, una unidad de significado.
Los conceptos se ordenan de forma jerárquica, con los más generales e inclusivos arriba y los más específicos debajo, por lo que el mapa suele leerse de arriba hacia abajo. Como esa jerarquía depende del contexto, conviene construir cada mapa para responder una pregunta concreta: la pregunta de enfoque. Completan la definición los enlaces cruzados, que relacionan conceptos de zonas distintas del mapa, y los ejemplos específicos, que aclaran el significado de un concepto y no van en recuadros, porque no son conceptos.
Aprender de memoria o aprender con sentido
Los mapas conceptuales nacieron por necesidad. El equipo de Novak seguía los cambios en lo que un grupo de niños sabía de ciencias y, al revisar las transcripciones de sus entrevistas, le costaba identificar qué había cambiado en su comprensión. El programa se basaba en la psicología del aprendizaje de David Ausubel, cuya idea central es que se aprende asimilando conceptos y proposiciones nuevos en los marcos de conceptos que cada persona ya tiene. Representar ese conocimiento en forma de mapa fue la salida.
Ausubel distinguió entre el aprendizaje memorístico y el significativo, que relaciona lo nuevo con lo que ya se sabe. Este último exige tres condiciones: un material claro, con ejemplos que el estudiante pueda conectar con lo que sabe; conocimientos previos pertinentes; y la decisión del propio estudiante de aprender así, en lugar de solo memorizar. Para los autores no se trata de una dicotomía, sino de un continuo, y en su extremo más alto está la creatividad: “la creatividad puede verse como un nivel muy alto de aprendizaje significativo” (p. 4).
La diferencia importa. Lo aprendido de memoria se olvida pronto, salvo que se repase mucho, y no corrige las ideas equivocadas, que persisten. La memoria de trabajo, además, solo puede procesar entre cinco y nueve unidades a la vez. Por eso, sostienen Novak y Cañas, el mapa conceptual funciona como un andamio que ayuda a organizar el conocimiento pieza por pieza. Y advierten sobre una confusión frecuente: la indagación no garantiza por sí sola el aprendizaje significativo. Si los estudiantes no tienen al menos una comprensión conceptual básica de lo que investigan, la actividad puede quedar en poco más que mantenerse ocupados.
Crear conocimiento es aprender a un nivel muy alto
El informe va más allá del aula. Novak ha sostenido que crear conocimiento nuevo no es más que un nivel relativamente alto de aprendizaje significativo, alcanzado por personas que tienen un conocimiento bien organizado en un área y un fuerte compromiso emocional para persistir en la búsqueda de nuevos significados. De ahí que, según los autores, quien se esfuerza por construir un buen mapa conceptual ya participa en un proceso creativo, mientras que el aprendizaje memorístico no puede sostener el pensamiento creativo ni la resolución de problemas nuevos.
En el mapa, ese potencial tiene un lugar preciso. Dos rasgos facilitan el pensamiento creativo: la estructura jerárquica de un buen mapa y la posibilidad de buscar y describir enlaces cruzados nuevos, que en la creación de conocimiento suelen representar saltos creativos. La analogía que proponen es química: los conceptos son como los átomos y las proposiciones, como las moléculas. Con alrededor de cien tipos de átomos se forma un número infinito de moléculas; del mismo modo, las cerca de 460.000 palabras del inglés pueden combinarse en un número infinito de proposiciones.
Cómo construir un buen mapa conceptual
Novak y Cañas proponen una secuencia concreta:
- Elegir un ámbito conocido y un contexto acotado: un fragmento de un texto, una actividad de laboratorio o un problema que se quiere entender.
- Formular una pregunta de enfoque que diga con claridad qué problema debe ayudar a resolver el mapa. Pedir “un mapa sobre las plantas” no es lo mismo que preguntar “¿por qué necesitamos las plantas?”: la pregunta cambia el tipo de mapa.
- Identificar los conceptos clave, por lo general entre 15 y 25, y ordenarlos del más general al más específico. Esa lista es el estacionamiento: de ahí se van tomando los conceptos a medida que encuentran su lugar.
- Armar un mapa preliminar, con notas adhesivas o con CmapTools, el programa desarrollado en el IHMC.
- Buscar enlaces cruzados entre zonas distintas del mapa, con criterio y con palabras de enlace precisas.
- Revisar: un mapa nunca está terminado, y los buenos mapas suelen salir de tres o más revisiones.
Los autores advierten también sobre dos errores comunes. Uno es escribir oraciones completas dentro de los recuadros, lo que suele indicar que toda una sección del mapa podría construirse a partir de esa frase. El otro son los “mapas en cadena”, que reflejan una comprensión pobre del tema o una reorganización insuficiente del mapa. Lo más difícil, coinciden los usuarios experimentados y los investigadores, es formular las proposiciones: encontrar las palabras de enlace que muestren con claridad la relación entre dos conceptos.
Del aula a las organizaciones
El mapa conceptual también sirve para evaluar. A diferencia de las pruebas de selección múltiple, que miden sobre todo el recuerdo memorístico, permite identificar las ideas válidas y erróneas de un estudiante, y puede ser tan eficaz como una entrevista clínica, que toma más tiempo, para saber qué sabe antes o después de una unidad. Los autores recomiendan, además, el trabajo en pequeños grupos. Se apoyan en Vygotsky, cuyo enfoque sociocultural se analiza en otro estudio de este sitio, para destacar el papel del lenguaje y del diálogo social en el aprendizaje, y observan que, como las críticas apuntan al mapa y no a la persona, se reducen la inseguridad y el temor a pasar vergüenza.
Fuera de la escuela, los mapas sirven para planificar cursos y planes de estudio —el informe muestra el mapa con que los académicos de Medicina Veterinaria de Cornell estructuraron un currículo revisado— y para capturar el conocimiento tácito de los expertos, ese saber que acumulan con los años y que les cuesta explicar. Cuando el equipo del IHMC trazó el mapa de lo que sabía un cardiólogo que literalmente había escrito el libro sobre una tecnología de diagnóstico, el mapa reveló vacíos: parte de su conocimiento no aparecía ni en su libro ni en las entrevistas.
Una herramienta simple, pero no simplista
A primera vista, reconocen los autores, un mapa conceptual puede parecer solo otra manera de ordenar información en un gráfico. Pero cuando los conceptos se organizan con cuidado y las proposiciones se forman con palabras de enlace bien elegidas, un buen mapa resulta, en sus palabras, “a la vez simple y elegantemente complejo, con significados profundos” (p. 31). Según el informe, los mapas han ayudado a estudiantes a aprender, a investigadores a crear conocimiento, a administradores a estructurar organizaciones, a escritores a escribir y a evaluadores a medir aprendizajes. Como cualquier herramienta, también pueden usarse mal.
Para los investigadores, el informe ofrece una base teórica explícita: la psicología de Ausubel y una visión de la creación de conocimiento como proceso constructivo. Para los educadores, el mensaje es práctico: partir siempre de una pregunta de enfoque, pedir proposiciones y no solo listas de conceptos, y usar el mapa para evaluar comprensión, no memoria. Para los profesionales, el mapa es una forma de hacer visible lo que un equipo sabe y no logra explicar. Las herramientas visuales como esta tienen un lugar propio en el curso de creatividad: su cuarta unidad está dedicada a las herramientas para generar ideas, con los mapas mentales en la Semana 14.
Fuente original: Novak, J. D., & Cañas, A. J. (2008). The theory underlying concept maps and how to construct and use them (Technical Report IHMC CmapTools 2006-01 Rev 01-2008). Florida Institute for Human and Machine Cognition.
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