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¿Se puede enseñar la creatividad? Lo que dice la ciencia y cómo aplicarlo en el aula

Creativity study group

Tiempo de lectura: 15 minutos · Keywords: creatividad · pensamiento creativo · entrenamiento creativo · educación superior · motivación intrínseca · pensamiento divergente · diseño pedagógico · habilidades cognitivas · creatividad en el aula · aprendizaje creativo


Hay una pregunta que aparece casi siempre al inicio de cualquier curso sobre creatividad, formulada con distintas palabras pero con la misma duda de fondo: “¿para qué estudiar creatividad si eso es algo con lo que simplemente se nace?”

Es una pregunta comprensible. Durante décadas, la cultura popular reforzó la idea de que la creatividad era un don reservado para artistas, inventores y genios excepcionales. Que Mozart componía porque era Mozart, que Edison inventaba porque era Edison, y que el resto de los mortales debía conformarse con seguir instrucciones. Si no naciste creativo, mala suerte.

El problema es que esa idea es falsa. Y la ciencia lleva décadas demostrándolo.

Este artículo reúne la evidencia más relevante sobre la enseñanza de la creatividad: qué dicen los investigadores, cómo funciona el proceso de aprendizaje creativo, y qué implica todo eso para educadores y profesionales que quieren desarrollar esta habilidad de forma seria y metodológica.


El mito del talento innato y por qué persiste

Antes de hablar de lo que sí sabemos, vale la pena entender por qué el mito del talento innato es tan resistente.

La razón principal es que la creatividad, cuando se observa desde afuera, parece espontánea. Vemos el resultado —la obra, la solución, la idea brillante— pero no vemos el proceso que la precedió: los años de práctica, el conocimiento acumulado, los fracasos, los patrones internalizados. Lo que parece inspiración repentina es, en la mayoría de los casos, el producto de un proceso largo y entrenado.

Edward de Bono, uno de los teóricos más influyentes en el campo del pensamiento lateral, fue categórico al respecto: la creatividad no es una cualidad mística ni una cuestión de talento natural o temperamento, sino una habilidad que se puede cultivar y desarrollar (De Bono, 1990). Esta afirmación, lejos de ser una opinión aislada, está respaldada por décadas de investigación empírica.

Otro factor que alimenta el mito es la confusión entre dos tipos de creatividad muy distintos. Lo que los investigadores llaman Big-C —la creatividad de Einstein, Beethoven o Picasso— efectivamente involucra combinaciones poco comunes de talento, contexto y oportunidad. Pero la llamada little-c, la creatividad cotidiana que permite resolver problemas, generar ideas útiles y pensar de manera original en el trabajo y en la vida, es accesible a cualquier persona con las herramientas y el entorno adecuados (Amabile, 2012). Y es precisamente esta segunda forma de creatividad la que puede —y debe— enseñarse.


La evidencia empírica: los programas de entrenamiento creativo funcionan

La pregunta de si la creatividad puede enseñarse no es nueva. E. Paul Torrance, creador del test de pensamiento creativo más utilizado del mundo (Torrance Tests of Creative Thinking, TTCT), se hizo esta misma pregunta en los años sesenta y dedicó décadas a responderla empíricamente (Torrance & Torrance, 1973).

La evidencia más contundente proviene del meta-análisis de Scott, Leritz y Mumford (2004), publicado en el Creativity Research Journal. Los investigadores realizaron una revisión cuantitativa de los programas de entrenamiento creativo disponibles. Su abstract describe los hallazgos con precisión:

“Based on 70 prior studies, it was found that well-designed creativity training programs typically induce gains in performance with these effects generalizing across criteria, settings, and target populations. Moreover, these effects held when internal validity considerations were taken into account. An examination of the factors contributing to the relative effectiveness of these training programs indicated that more successful programs were likely to focus on development of cognitive skills and the heuristics involved in skill application, using realistic exercises appropriate to the domain at hand.”

En otras palabras: los programas de entrenamiento en creatividad bien diseñados producen mejoras medibles y replicables, independientemente del contexto, del criterio de evaluación y de la población estudiada. No se trata de un efecto puntual ni azaroso.

Los mismos autores publicaron un segundo estudio complementario ese año (Scott, Leritz y Mumford, 2004b), en el que analizaron 156 programas de entrenamiento para identificar qué tipos de intervención son más efectivos. Encontraron 11 tipos comunes de entrenamiento, todos con algún valor, pero destacaron especialmente el entrenamiento en producción de ideas y el entrenamiento cognitivo como los más eficaces. Esto tiene una implicación directa para el diseño pedagógico: no cualquier actividad “creativa” produce los mismos resultados; el método importa.


El modelo de Amabile: los tres componentes que se pueden desarrollar

Una de las contribuciones teóricas más importantes para entender por qué la creatividad es enseñable proviene de Teresa Amabile, investigadora de Harvard. En su Teoría Componencial de la Creatividad, desarrollada desde 1983 y revisada en publicaciones posteriores, define la creatividad como “the production of ideas or outcomes that are both novel and appropriate to some goal” (Amabile, 2012, p. 1).

Según esta teoría, la creatividad surge de la confluencia de cuatro componentes:

  1. Habilidades en el dominio (domain-relevant skills): el conocimiento, las habilidades técnicas y la experiencia en un campo específico. Incluyen datos, principios, paradigmas para resolver problemas y técnicas especializadas del dominio.
  2. Procesos relevantes para la creatividad (creativity-relevant processes): un estilo cognitivo y características de personalidad conducentes a la independencia, la toma de riesgos y la capacidad de ver los problemas desde nuevas perspectivas, así como habilidades para generar ideas. Incluyen tolerancia a la ambigüedad, autodisciplina y la capacidad de salir de los “scripts” habituales de pensamiento.
  3. Motivación intrínseca: la pasión por la tarea en sí misma —el interés genuino, el disfrute y el sentido personal de desafío— por encima de motivadores externos como recompensas, evaluaciones o vigilancia.
  4. El entorno social: el componente externo al individuo. Amabile identificó que ciertos factores ambientales bloquean activamente la creatividad —normas de crítica severa a ideas nuevas, énfasis en el statu quo, exceso de presión— mientras que otros la estimulan, como la libertad en la ejecución del trabajo, equipos colaborativos y supervisores que apoyan el desarrollo de nuevas ideas.

Lo que hace de este modelo una herramienta especialmente útil para la educación es su implicación directa: los cuatro componentes pueden ser intervenidos. El conocimiento del dominio se adquiere estudiando. Los procesos creativos se entrenan con práctica deliberada. La motivación intrínseca puede cultivarse mediante entornos que promuevan la autonomía y el desafío apropiado. Y el entorno educativo puede diseñarse conscientemente para estimular en lugar de suprimir la creatividad.


Csikszentmihalyi: la creatividad como sistema, no como rasgo individual

Mihaly Csikszentmihalyi, psicólogo conocido principalmente por su concepto de flow o flujo, ofrece otro marco fundamental. Para Csikszentmihalyi (1996), la creatividad no es solo un proceso mental individual: es el resultado de la interacción de un sistema compuesto por tres elementos —una cultura con sus reglas y dominios simbólicos, una persona que introduce novedad en ese dominio, y un campo de expertos que reconocen y validan esa innovación.

Esta visión sistémica tiene una consecuencia pedagógica importante: la creatividad puede desarrollarse trabajando en cualquiera de sus tres dimensiones. En el contexto educativo, esto significa que diseñar bien las condiciones de aprendizaje —el entorno, la retroalimentación, el nivel de desafío— no es un detalle accesorio, sino parte constitutiva del proceso creativo mismo.

Sus estudios sobre el flujo en contextos educativos mostraron además que los estudiantes reportan más experiencias óptimas —y por tanto mayor disposición creativa— cuando enfrentan tareas desafiantes con retroalimentación inmediata, en entornos que promueven la autonomía. El corolario es claro: un docente que diseña bien las condiciones de trabajo está, literalmente, favoreciendo la creatividad de sus estudiantes.


Evidencia en contexto latinoamericano: el programa Acciona en Chile

Un estudio especialmente relevante para el contexto de habla hispana es el de Egana-delSol (2023), publicado en npj Science of Learning (Nature), que evaluó el impacto del programa Acciona en Chile —una iniciativa de talleres artísticos en escuelas públicas creada en 2007 por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, en colaboración con el Ministerio de Educación y la Fundación Arte Joven Balmaceda.

El abstract del estudio señala que el programa fue diseñado para mejorar la efectividad de la educación formal a través de la calidad de la educación artística y cultural, con el objetivo de desarrollar las habilidades creativas de los estudiantes. Los resultados mostraron correlaciones positivas entre la participación en el programa y el rendimiento académico, los niveles de creatividad medida y las relaciones entre pares.

Este estudio es significativo por dos razones. Primero, porque demuestra que los efectos positivos de enseñar creatividad no son exclusivos de sistemas educativos anglosajones: son replicables en contextos latinoamericanos con características propias. Segundo, porque confirma que un programa estructurado —con objetivos claros, profesionales competentes y metodología deliberada— produce resultados que un currículo tradicional no produce por sí solo.


Evidencias del aprendizaje creativo en educación superior

González-Zamar y Abad-Segura (2019), en una revisión sistemática publicada en REencuentro. Análisis de Problemas Universitarios, analizaron específicamente la creatividad en el contexto universitario. Su abstract es directo:

“La creatividad es un componente fundamental de la inteligencia en los jóvenes para su adaptación, resolución de problemas y toma de decisiones. Fomentar la creatividad en la educación permite incrementar tanto las capacidades colaborativas como las autónomas y autocríticas del estudiante. […] Los resultados demuestran la necesidad de un sistema educativo donde prevalezca el aprendizaje creativo.”

Los autores concluyen que los estudiantes son creativos en diferentes niveles y que la adquisición de competencias creativas resulta clave tanto para el individuo como para su inserción laboral futura. Esta revisión también confirma la brecha que existe actualmente: la creatividad aparece mencionada en los perfiles de egreso universitarios, pero rara vez se aborda de forma explícita y metodológica en el currículo.


Benveniste y el entrenamiento en creatividad: la magnitud del campo

Para dimensionar la relevancia del tema, Benveniste (2022), en un artículo publicado en Annals of the New York Academy of Sciences, ofrece una perspectiva global:

“Creativity is a major source of innovation, growth, adaptability, and resilience, making it a top priority of governments, global corporations, kindergarten-through-professional educational institutions, and other organizations and individuals who collectively invest hundreds of millions of dollars annually into training in divergent thinking and related practices.”

Que gobiernos, corporaciones e instituciones educativas en todo el mundo inviertan cientos de millones de dólares anuales en entrenamiento creativo no es un dato menor: refleja el consenso amplio —más allá de la academia— de que la creatividad es una habilidad que responde a la intervención deliberada.


El papel del docente: de transmisor a diseñador de entornos creativos

Toda esta evidencia apunta hacia un replanteamiento del rol docente. Enseñar creatividad no consiste en “inspirar” a los estudiantes con discursos motivacionales ni en dar libertad total para que “fluya”. Es un trabajo riguroso que combina conocimiento teórico, diseño pedagógico y gestión del entorno.

Las investigaciones sobre docentes creativos coinciden en un perfil específico: son personas metódicas y flexibles a la vez, capaces de transmitir con claridad los objetivos del proceso de aprendizaje, de transformar la información para que los estudiantes la trabajen desde una perspectiva activa, y de formular problemas abiertos sin perder el rigor. No son facilitadores pasivos que esperan que ocurra algo interesante. Son diseñadores deliberados de experiencias de aprendizaje.

Esto implica, entre otras cosas, saber cuándo dar estructura y cuándo dar libertad, cómo evaluar procesos creativos sin caer en la subjetividad, y cómo sostener la motivación intrínseca de los estudiantes a lo largo del tiempo. Según el modelo de Amabile (2012), el entorno que construye el docente —incluyendo el tipo de retroalimentación que entrega, el grado de autonomía que permite y la actitud frente al error— puede tanto estimular como suprimir la creatividad, independientemente del talento de los estudiantes.


Bloqueadores de creatividad que el sistema educativo perpetúa

Entender que la creatividad es enseñable también implica reconocer lo que la bloquea. Varios de los obstáculos más comunes no son individuales, sino sistémicos.

El miedo al error es probablemente el más poderoso. Un entorno que penaliza los errores —a través de calificaciones punitivas, comparaciones o críticas no constructivas— entrena a los estudiantes a evitar el riesgo. Y la evitación del riesgo es incompatible con el pensamiento creativo. Amabile (2012) identificó que las normas de crítica severa a las nuevas ideas son uno de los factores ambientales que más consistentemente suprimen la creatividad en contextos organizacionales y educativos.

La sobrevaloración de la respuesta única correcta es otro obstáculo mayor. Muchos sistemas educativos están diseñados para encontrar la respuesta “correcta” a problemas que ya tienen solución conocida. El pensamiento creativo, en cambio, requiere exactamente lo opuesto: la capacidad de generar múltiples respuestas posibles a problemas abiertos, de cuestionar los supuestos y de reencuadrar el problema mismo. Scott et al. (2004) encontraron que los programas de entrenamiento más efectivos son precisamente aquellos que trabajan estos procesos cognitivos de forma explícita.

La ausencia de práctica deliberada es el tercer obstáculo. Como cualquier habilidad compleja, la creatividad no se desarrolla con exposición esporádica. Requiere práctica sostenida, retroalimentación y tiempo. Un taller de un día o una charla inspiracional tienen efectos limitados y transitorios. Lo que la investigación muestra es que los programas que producen cambios duraderos son los que incluyen ejercicios realistas, apropiados al dominio, con práctica repetida de los procesos cognitivos involucrados (Scott et al., 2004).


¿Cuánto tiempo lleva aprender a ser creativo?

Una pregunta práctica que surge inevitablemente es cuánto tiempo toma desarrollar la creatividad de forma significativa. La respuesta honesta es: depende del punto de partida, del método y de la constancia. Pero la investigación ofrece referencias útiles.

El meta-análisis de Scott et al. (2004) encontró mejoras medibles en programas de entrenamiento que abarcaban desde pocas semanas hasta varios meses, siendo los más efectivos aquellos que integraban ejercicios prácticos realistas con discusión de los procesos cognitivos subyacentes. Esto no significa que al cabo de ese tiempo una persona se convierta en un genio creativo, sino que sus capacidades de generar ideas originales, de pensar con flexibilidad y de ver conexiones no evidentes aumentan de manera estadísticamente significativa.

Lo que sí resulta claro, tanto desde la teoría componencial de Amabile como desde los estudios de eficacia de programas, es que el entrenamiento episódico tiene efectos limitados. La creatividad se desarrolla como cualquier otra habilidad compleja: con práctica deliberada, retroalimentación y tiempo suficiente para que los nuevos patrones de pensamiento se consoliden.


Qué implica todo esto para educadores y profesionales

Si la creatividad puede enseñarse —y la evidencia acumulada indica que sí— entonces hay consecuencias concretas tanto para quienes enseñan como para quienes quieren desarrollar esta habilidad en sí mismos.

Para los educadores, significa que la creatividad no puede seguir siendo un objetivo vago del currículo. Requiere diseño intencional: objetivos claros, actividades estructuradas, técnicas específicas, criterios de evaluación coherentes y un ambiente de aula que permita el error, la experimentación y la reflexión. González-Zamar y Abad-Segura (2019) son explícitos al señalar que la brecha entre la importancia declarada de la creatividad en los planes de estudio universitarios y su presencia real en el aula es uno de los problemas más urgentes de la educación superior contemporánea.

Para los profesionales que quieren desarrollar su propia creatividad, la implicación es igualmente directa: no se trata de esperar la inspiración ni de “desbloquear” algo que supuestamente está dormido. Se trata de adquirir conocimiento en el dominio de interés, practicar técnicas de pensamiento creativo con regularidad, y crear las condiciones —de tiempo, concentración y desafío apropiado— para que el proceso pueda ocurrir de forma sostenida.

En ambos casos, el punto de partida es el mismo: entender que la creatividad es una habilidad, no un don. Y que las habilidades, por definición, se aprenden.


Conclusión: la pregunta no es si se puede enseñar, sino cómo hacerlo bien

La pregunta de si la creatividad puede enseñarse tiene respuesta en la investigación. El meta-análisis de Scott et al. (2004) sobre 70 estudios, la teoría componencial de Amabile (2012), el marco sistémico de Csikszentmihalyi (1996), los resultados del programa Acciona en Chile (Egana-delSol, 2023) y la revisión sistemática de González-Zamar y Abad-Segura (2019) apuntan en la misma dirección: la creatividad es una habilidad compleja pero desarrollable, que responde al entrenamiento, que mejora con la práctica deliberada y que depende en gran medida de las condiciones del entorno.

La pregunta relevante ahora es otra: ¿cómo enseñarla bien?

Eso requiere método. Requiere conocer los marcos teóricos que explican cómo funciona el pensamiento creativo. Requiere dominar las técnicas que lo estimulan. Requiere entender qué condiciones favorecen y cuáles bloquean el proceso. Y requiere tener la disposición de aplicar todo eso de forma rigurosa, ya sea en el aula, en el equipo de trabajo o en el propio proceso de aprendizaje personal.

Eso es exactamente lo que un programa serio de formación en creatividad debería ofrecer: no inspiración, sino método.


Referencias

Amabile, T. M. (2012). Componential theory of creativity (Working Paper No. 12-096). Harvard Business School. https://www.hbs.edu/ris/Publication%20Files/12-096.pdf

Benveniste, M. (2022). A new method for training creativity: Narrative as an alternative to divergent thinking. Annals of the New York Academy of Sciences, 1512(1), 29–47. https://doi.org/10.1111/nyas.14763

Csikszentmihalyi, M. (1996). Creativity: Flow and the psychology of discovery and invention. HarperCollins.

De Bono, E. (1990). Lateral thinking: A textbook of creativity. Penguin Books.

Egana-delSol, P. (2023). The impacts of a high-school art-based program on academic achievements, creativity, and creative behaviors. npj Science of Learning, 8, 39. https://doi.org/10.1038/s41539-023-00187-6

González-Zamar, M.-D., & Abad-Segura, E. (2019). Evidencias del aprendizaje creativo en la educación superior. REencuentro. Análisis de Problemas Universitarios, 30(77), 111–132. https://www.redalyc.org/journal/340/34065218007/html/

Scott, G., Leritz, L. E., & Mumford, M. D. (2004a). The effectiveness of creativity training: A quantitative review. Creativity Research Journal, 16(4), 361–388. https://doi.org/10.1080/10400410409534549

Scott, G., Leritz, L. E., & Mumford, M. D. (2004b). Types of creativity training: Approaches and their effectiveness. The Journal of Creative Behavior, 38(3), 149–179. https://doi.org/10.1002/j.2162-6057.2004.tb01238.x

Torrance, E. P., & Torrance, J. P. (1973). Is creativity teachable? Phi Delta Kappa Educational Foundation