Publicado el

Qué es la creatividad según la psicología: definición, teorías y modelos principales

que es la creatividad

Tiempo de lectura: 18 minutos · Autores clave: Guilford · Runco & Jaeger · Amabile · Csikszentmihalyi · Rhodes · Wallas · Sternberg & Lubart · Kaufman & Beghetto · Keywords: qué es la creatividad · definición de creatividad · teorías de la creatividad · psicología de la creatividad · modelos de creatividad · pensamiento creativo · Big-C little-c · creatividad en educación · creatividad y psicología

Pocas palabras se usan con tanta frecuencia y con tan poco acuerdo sobre su significado como creatividad. En una misma reunión puede escucharse que el nuevo diseño del producto es “muy creativo”, que el departamento de marketing necesita “más gente creativa” y que los estudiantes de hoy “carecen de creatividad”. Tres usos, tres significados implícitos distintos, ninguno definido con precisión.

Este problema no es exclusivo del lenguaje cotidiano. Hasta hace pocas décadas, la propia psicología académica tenía dificultades para ponerse de acuerdo sobre qué estudiar cuando estudiaba la creatividad. La primera revisión sistemática de la literatura, publicada por Guilford en 1950, encontró que la creatividad representaba menos del 0.2% de la producción total de la psicología en los diez años anteriores. Era, en palabras del propio Guilford, “el tema más descuidado” en toda la historia de la psicología científica.

Eso ha cambiado radicalmente. Hoy existe un campo robusto de investigación — la psicología de la creatividad — con marcos teóricos bien establecidos, instrumentos de medición validados y hallazgos replicables. Este artículo reúne las definiciones, modelos y teorías más importantes de ese campo: los que cualquier persona que quiera entender o enseñar la creatividad de manera seria necesita conocer.


El problema de definir la creatividad

El primer obstáculo para entender la creatividad es su definición. No porque no exista una definición aceptada — existe — sino porque el concepto es suficientemente complejo para que muchas definiciones parciales compitan entre sí, cada una capturando un aspecto diferente del fenómeno.

Runco y Jaeger (2012), en su artículo “The Standard Definition of Creativity” publicado en el Creativity Research Journal, rastrearon la historia de las definiciones de creatividad en la literatura científica y llegaron a una conclusión importante: aunque existen decenas de definiciones en la literatura, la gran mayoría converge en dos criterios que pueden considerarse la definición estándar del campo:

“Originality is undoubtedly required. It is often labeled novelty, but whatever the label, if something is not unusual, novel, or unique, it is commonplace, mundane, or conventional. It is not original, and therefore not creative […] Originality is vital for creativity but is not sufficient. Ideas and products that are merely original might very well be useless.”

La conclusión que extraen es que la creatividad requiere dos condiciones simultáneas: originalidad (novedad, rareza estadística, no convencionalidad) y efectividad (utilidad, adecuación, pertinencia para un objetivo). Esta definición dual — que en la literatura aparece también como novedad + utilidad o originalidad + adecuación — es el punto de partida de prácticamente toda la investigación contemporánea sobre creatividad.

La definición tiene una implicación que vale la pena subrayar: ser creativo no es solo ser original. Una idea puede ser completamente original y completamente inútil — eso no es creatividad. Y tampoco es suficiente ser útil sin ser original — eso es competencia, no creatividad. La creatividad genuina requiere la intersección de ambas condiciones.


El modelo de las Cuatro P: una taxonomía para organizar el campo

Antes de entrar en las teorías específicas, es útil tener un mapa general del campo. El marco más citado para organizar los distintos enfoques de investigación sobre creatividad es el modelo de las Cuatro P (Four P’s), introducido por Mel Rhodes en 1961 en su artículo “An Analysis of Creativity”, publicado en Phi Delta Kappan.

Tras revisar más de cuarenta definiciones de creatividad, Rhodes encontró que todas ellas podían organizarse en cuatro categorías que se complementan pero no se reducen entre sí:

Persona (Person): el perfil del individuo creativo — sus rasgos de personalidad, habilidades cognitivas, actitudes, valores y disposiciones. Preguntas típicas: ¿Qué características tienen las personas creativas? ¿Puede medirse el potencial creativo de un individuo? ¿Cuáles son los rasgos que predicen la creatividad?

Proceso (Process): las operaciones cognitivas y metacognitivas implicadas en el pensamiento creativo. Preguntas típicas: ¿Cómo se genera una idea original? ¿Qué etapas atraviesa el proceso creativo? ¿Qué mecanismos mentales producen conexiones nuevas?

Producto (Product): los resultados tangibles o intangibles del proceso creativo — ideas, obras, soluciones, inventos. Preguntas típicas: ¿Cómo se determina si un producto es creativo? ¿Cuáles son los criterios de evaluación de la creatividad? ¿Qué hace que una solución sea más creativa que otra?

Entorno (Press): el contexto social, cultural e institucional en que ocurre la creatividad. Preguntas típicas: ¿Qué condiciones favorecen o inhiben la creatividad? ¿Cómo influye el entorno organizacional o educativo en la producción creativa? ¿Qué rol tiene la cultura en la valoración de las ideas originales?

El modelo de las Cuatro P sigue siendo el marco organizativo más utilizado en los manuales y programas de formación en creatividad, precisamente porque permite entender que hablar de creatividad sin especificar qué dimensión se está analizando produce confusión conceptual inevitable.


Los tipos de creatividad: de la mini-c a la Big-C

Una de las contribuciones más útiles de la psicología contemporánea al estudio de la creatividad es la distinción entre tipos o niveles de creatividad según su alcance e impacto. La taxonomía más influyente es el modelo de las Cuatro C (Four C Model), desarrollado por Kaufman y Beghetto (2009) a partir de trabajos anteriores de Csikszentmihalyi, Simonton y otros.

Big-C creativity (Creatividad con C mayúscula): la creatividad eminent, transformadora, que cambia un campo del conocimiento o la cultura. Es la creatividad de Einstein, Shakespeare, Marie Curie o Bach. Requiere décadas de trabajo, reconocimiento por parte de la comunidad experta del campo y un impacto histórico verificable. Es estadísticamente excepcional y no es un objetivo realista para la educación o el desarrollo profesional ordinario.

Pro-c creativity (Creatividad profesional): la creatividad experta que se desarrolla a través de años de práctica deliberada en un dominio. El arquitecto que diseña edificios originales, el chef que desarrolla recetas nuevas, el investigador que publica hallazgos relevantes. Requiere dominio del campo y producción sostenida de trabajo original y adecuado, pero no necesariamente el impacto histórico de la Big-C.

little-c creativity (Creatividad cotidiana): la creatividad de la resolución ordinaria de problemas, de la improvisación en la vida diaria, de encontrar soluciones nuevas a desafíos comunes. Es la creatividad que todos los seres humanos ejercen en mayor o menor medida, y que puede desarrollarse deliberadamente.

mini-c creativity (Creatividad personal): el nivel más íntimo de creatividad, introducido por Beghetto y Kaufman para capturar los procesos creativos internos que acompañan todo aprendizaje genuino. Cuando un estudiante conecta una idea nueva con su experiencia previa de una manera que es original para él, aunque no sea original para nadie más, está ejerciendo la mini-c. Es la creatividad como proceso de aprendizaje y construcción de significado personal.

Esta taxonomía tiene consecuencias directas para la educación: los docentes que esperan ver Big-C en sus aulas no reconocerán la creatividad real que ocurre a nivel mini-c y little-c. Y los estudiantes que asumen que la creatividad es sinónimo de genialidad descartarán su propia capacidad creativa antes de desarrollarla.


El modelo de la Estructura del Intelecto de Guilford

El primer marco teórico riguroso para estudiar la creatividad como proceso cognitivo fue el de J. P. Guilford, presentado en su discurso presidencial ante la American Psychological Association en 1950 y desarrollado en su modelo de la Estructura del Intelecto (Structure of Intellect, SOI) a partir de 1956.

Guilford propuso que la inteligencia no era un factor unitario sino un conjunto de habilidades cognitivas clasificables en tres dimensiones: operaciones (qué hace la mente), contenidos (sobre qué opera la mente) y productos (qué tipo de resultado produce). Dentro de las operaciones, identificó seis tipos, de los cuales dos son fundamentales para entender la creatividad:

Producción convergente: la capacidad de encontrar la solución única y correcta a un problema que ya tiene una respuesta definida. Es el tipo de operación que los tests convencionales de inteligencia miden casi exclusivamente.

Producción divergente: la capacidad de generar múltiples soluciones posibles y originales a partir de la misma información. Es la operación cognitiva central del pensamiento creativo.

El pensamiento divergente, según Guilford (1967), tiene cuatro dimensiones fundamentales: fluidez (cantidad de ideas), flexibilidad (variedad de categorías), originalidad (rareza estadística de las ideas) y elaboración (nivel de desarrollo de las ideas). Esta cuádruple distinción sigue siendo la estructura de referencia estándar en la medición del potencial creativo, incluyendo el test más utilizado en el mundo para este fin: el Torrance Tests of Creative Thinking (TTCT).

La contribución más duradera de Guilford al campo es la demostración de que el pensamiento creativo puede estudiarse científicamente, medirse empíricamente y desarrollarse mediante práctica deliberada.


Las cuatro etapas del proceso creativo: el modelo de Wallas

Si el modelo de Guilford responde a la pregunta de qué capacidades están implicadas en la creatividad, el modelo de Graham Wallas responde a la pregunta de cómo ocurre el proceso creativo en el tiempo.

Wallas, psicólogo social inglés, publicó en 1926 su libro The Art of Thought, donde propuso que el proceso creativo atraviesa cuatro etapas que desde entonces han sido confirmadas, revisadas y amplificadas por investigación neurociencífica contemporánea:

Preparación (Preparation): la fase de trabajo consciente e intencional sobre el problema. El individuo recopila información, estudia el dominio, formula y reformula el problema, explora perspectivas y agota las vías de solución más evidentes. Es una fase cognitivamente demandante que sienta las bases de todo lo que sigue.

Incubación (Incubation): la fase de retirada del trabajo consciente sobre el problema. El individuo se ocupa de otras cosas, descansa o se distrae. Pero el procesamiento cognitivo continúa a nivel inconsciente, reorganizando la información acumulada en la fase de preparación de maneras que el pensamiento consciente y dirigido no puede producir por sí solo. Ritter y Dijksterhuis (2014), en una revisión publicada en Frontiers in Human Neuroscience (PubMed Central, DOI: 10.3389/fnhum.2014.00215), confirman que durante la incubación “unconscious processes contribute to creative thinking” — que los procesos inconscientes activos durante la incubación no son simplemente un período de descanso sino un período de procesamiento activo no consciente.

Iluminación (Illumination): el momento del insight — la aparición repentina de la solución o la conexión que resuelve el problema, frecuentemente en momentos de relajación o distracción. Es el famoso “¡Eureka!” de Arquímedes, la melodía de “Yesterday” que Paul McCartney dice haber soñado. La investigación muestra que estos momentos de insight no son aleatorios: ocurren con mayor probabilidad después de periodos adecuados de preparación e incubación.

Verificación (Verification): la fase de trabajo consciente nuevamente, dedicada a evaluar, refinar y desarrollar la solución o idea emergida en la iluminación. La verificación distingue el insight creativo de la simple ocurrencia aleatoria: somete la idea a criterios de adecuación y la transforma en un producto terminado.

El modelo de Wallas, aunque tiene más de un siglo, sigue siendo la descripción más citada del proceso creativo porque captura algo que la investigación neurocognitiva ha confirmado repetidamente: el proceso creativo no es lineal ni exclusivamente consciente. La incubación y la iluminación son fenómenos reales con correlatos fisiológicos medibles.


La Teoría Componencial de Amabile: creatividad en contexto social

Mientras los modelos de Guilford y Wallas se centran en la cognición individual, Teresa Amabile, investigadora de Harvard Business School, desarrolló a partir de 1983 la teoría que mejor integra los factores individuales y sociales en la producción creativa: la Teoría Componencial de la Creatividad (Componential Theory of Creativity).

Según Amabile (2012), la creatividad emerge de la confluencia de cuatro componentes:

Habilidades en el dominio (domain-relevant skills): el conocimiento, las habilidades técnicas y la experiencia acumulada en el campo específico. Sin conocimiento del dominio, el pensamiento divergente produce ideas que pueden ser originales pero no adecuadas.

Procesos relevantes para la creatividad (creativity-relevant processes): las habilidades cognitivas y características de personalidad que facilitan el pensamiento creativo — tolerancia a la ambigüedad, disposición a explorar, capacidad de suspender el juicio, habilidad para ver los problemas desde nuevas perspectivas.

Motivación intrínseca (intrinsic task motivation): el interés genuino, el disfrute y el sentido personal de desafío ante la tarea misma. Amabile demostró empíricamente que las personas son sistemáticamente más creativas cuando están motivadas por el trabajo en sí que cuando están motivadas principalmente por recompensas externas o evaluaciones amenazantes.

El entorno social: las condiciones externas al individuo — el clima organizacional o educativo, el tipo de supervisión o docencia, la presencia o ausencia de autonomía, la actitud frente al error. Amabile identificó que los entornos que suprimen la motivación intrínseca (mediante vigilancia excesiva, evaluación amenazante, restricciones rígidas) reducen la creatividad de manera medible, independientemente de las habilidades del individuo.

La contribución fundamental de la Teoría Componencial es la demostración de que la creatividad no es un rasgo fijo ni un talento innato: es el producto de la interacción entre componentes que pueden desarrollarse, cultivarse o inhibirse. Todos los componentes son sensibles a la intervención pedagógica o de gestión.


El sistema de creatividad de Csikszentmihalyi

Mihaly Csikszentmihalyi ofrece uno de los marcos más radicalmente sistémicos para entender la creatividad. En su libro Creativity: Flow and the Psychology of Discovery and Invention (1996), propone que la creatividad no puede entenderse como un proceso individual: es el producto de la interacción entre tres elementos de un sistema:

El individuo (person): el ser humano que genera ideas y propone transformaciones en un dominio. Sus conocimientos, habilidades cognitivas, motivación y apertura a la experiencia son condiciones necesarias pero no suficientes para la creatividad.

El dominio (domain): el campo simbólico — las reglas, los conceptos, los procedimientos y las obras establecidas de una disciplina (la música, la física, la arquitectura, el derecho). El dominio es el depósito de conocimiento acumulado sobre el que opera el individuo creativo. No se puede ser creativo en un dominio que no se conoce.

El campo (field): los expertos y las instituciones que tienen el poder de evaluar y validar si una contribución es o no creativa dentro del dominio. Un hallazgo científico, una obra de arte o un diseño innovador solo se convierte en una contribución creativa reconocida si el campo relevante lo valida.

La implicación más importante del modelo de Csikszentmihalyi para la educación es que la creatividad no ocurre solo dentro de la cabeza del estudiante: también depende del dominio que ese estudiante conoce y del entorno social que valora o invisibiliza las contribuciones originales. Un docente que no reconoce la originalidad no es solo un evaluador insuficiente: es un campo que no cumple su función en el sistema creativo.


La Teoría de la Inversión de Sternberg y Lubart

Una de las teorías más originales e influyentes de las últimas décadas es la Teoría de la Inversión (Investment Theory of Creativity), propuesta por Robert Sternberg y Todd Lubart en 1991 y desarrollada en publicaciones posteriores, incluyendo su artículo “Investing in Creativity” en American Psychologist (1996).

La metáfora central de la teoría es la del mercado financiero: las personas creativas son como inversores inteligentes que “compran barato y venden caro” en el mercado de las ideas. Las personas creativas generan ideas que en el momento de su formulación son vistas como poco convencionales, arriesgadas o incluso ridículas — esto es “comprar barato”. Luego, cuando esas ideas ganan aceptación, las personas creativas obtienen el reconocimiento de su originalidad y se mueven hacia el siguiente conjunto de ideas impopulares — esto es “vender caro”.

Lo que distingue a esta teoría es que identifica seis recursos cuya confluencia es necesaria para la creatividad:

Habilidades intelectuales: en particular la capacidad de ver problemas desde nuevas perspectivas, de reconocer cuáles ideas valen la pena desarrollar y de persuadir a otros de su valor.

Conocimiento: el dominio suficiente del campo para saber qué es convencional y dónde están las oportunidades de innovación. Sin conocimiento previo no hay nada sobre lo que innovar.

Estilos de pensamiento: la preferencia por el pensamiento legislativo (crear nuevas reglas) sobre el ejecutivo (seguir reglas existentes) o el judicial (evaluar reglas).

Personalidad: tolerancia a la ambigüedad, disposición a superar obstáculos, voluntad de tomar riesgos razonables, perseverancia ante la resistencia.

Motivación: especialmente la motivación intrínseca por la tarea — el interés genuino que sostiene el trabajo creativo en el tiempo.

Entorno: las condiciones contextuales que permiten, estimulan o suprimen la expresión creativa.

La Teoría de la Inversión subraya algo que los modelos puramente cognitivos tienden a subestimar: la creatividad requiere valentía social. Generar ideas que desafían el consenso implica exponerse a la crítica, la resistencia y el rechazo. Las personas creativas no solo piensan diferente: eligen pensar diferente a pesar de los costos sociales que eso puede implicar.


La creatividad y el flujo: Csikszentmihalyi y las condiciones óptimas

Además de su modelo sistémico de la creatividad, Csikszentmihalyi es conocido por su investigación sobre el flujo (flow): el estado psicológico óptimo que se experimenta cuando una persona está completamente absorbida en una actividad desafiante pero manejable.

El flujo no es sinónimo de creatividad, pero está estrechamente asociado a ella. Los estudios de Csikszentmihalyi sobre personas creativas de alto nivel — artistas, científicos, atletas, músicos — mostraron que estos reportaban con frecuencia estados de flujo durante sus episodios de mayor productividad creativa. El flujo se caracteriza por: pérdida de la noción del tiempo, ausencia de autoconciencia, absorción total en la tarea, sensación de control y dominio, y motivación intrínseca sostenida.

Las condiciones que generan el flujo — equilibrio entre desafío y habilidad, claridad de objetivos, retroalimentación inmediata y concentración sostenida — son también, en gran medida, las condiciones que favorecen la creatividad. Esta convergencia no es coincidencia: el flujo es la experiencia subjetiva del funcionamiento cognitivo óptimo que la creatividad requiere.

Para el educador, esto tiene implicaciones directas: diseñar experiencias de aprendizaje que generen estados de flujo — tareas desafiantes pero alcanzables, con objetivos claros y retroalimentación inmediata — es también diseñar condiciones que favorecen el pensamiento creativo.


Creatividad y dominio: ¿es la creatividad específica o general?

Una de las preguntas más debatidas en la psicología de la creatividad es si la creatividad es una habilidad general (que se transfiere entre dominios) o específica del dominio (que se desarrolla separadamente en cada campo).

Plucker y Beghetto (2004), en su trabajo “Why Creativity Is Domain General, Why It Looks Domain Specific, and Why the Distinction Does Not Matter”, argumentan que la pregunta está mal formulada. La creatividad tiene componentes generales (como el pensamiento divergente, la tolerancia a la ambigüedad o la motivación intrínseca) y componentes específicos del dominio (el conocimiento de campo que hace posible reconocer qué es original y útil en un contexto dado). A medida que una persona profundiza su experiencia en un dominio, la especificidad domina; en las fases tempranas del aprendizaje, la generalidad domina.

Esta conclusión tiene consecuencias pedagógicas directas: no tiene sentido enseñar “creatividad en abstracto” desconectada del conocimiento disciplinar, pero tampoco tiene sentido asumir que el dominio de un campo produce creatividad automáticamente sin trabajo explícito en los procesos creativos generales.


La neurociencia de la creatividad: lo que el cerebro revela

La investigación neurocientífica sobre la creatividad ha avanzado significativamente en los últimos veinte años. Sin entrar en tecnicismos, vale la pena mencionar algunos hallazgos que iluminan los modelos teóricos descritos.

Los estudios de neuroimagen muestran que durante las tareas de pensamiento divergente se activan simultáneamente tres redes neurales que en otros contextos tienden a operar de manera alternada: la red por defecto (que se activa en el pensamiento espontáneo y la imaginación), la red ejecutiva de control (que regula la atención y la evaluación) y la red de relevancia (que decide qué información es importante). La coordinación inusual de estas tres redes es, según la investigación de Beaty et al. (2016) y otros, el correlato neural de la creatividad de alto nivel.

Este hallazgo confirma algo que los modelos teóricos ya sugerían: la creatividad no es solo pensamiento divergente desbocado (red por defecto activada sin control) ni solo pensamiento convergente disciplinado (red ejecutiva dominante). Es la interacción productiva de imaginación y control — exactamente lo que los modelos de Guilford, Amabile y el CPS de Osborn-Parnes describían conceptualmente.


Creatividad y cultura: el modelo 5A de Glăveanu

Los modelos descritos hasta aquí tienden a centrar la creatividad en el individuo o, como mucho, en la relación individuo-entorno. Una corriente más reciente de la psicología de la creatividad propone que esta perspectiva es insuficiente.

Vlad Petre Glăveanu (2013), en su trabajo sobre el marco de las 5A (Actors, Actions, Artifacts, Affordances, Audiences), argumenta que la creatividad es fundamentalmente un fenómeno cultural y relacional, no solo psicológico e individual. La creatividad ocurre entre actores que actúan, con y sobre artefactos culturales, en entornos con posibilidades específicas, ante audiencias que valoran o no las contribuciones.

Esta perspectiva cultural complementa — sin reemplazar — los modelos cognitivos: nos recuerda que lo que se considera “creativo” varía entre culturas, épocas históricas y comunidades epistémicas, y que la evaluación de la creatividad nunca es puramente técnica sino siempre culturalmente situada.


Las grandes preguntas abiertas

Pese a los avances considerables, la psicología de la creatividad sigue teniendo preguntas fundamentales sin respuesta definitiva:

¿En qué medida la creatividad tiene base genética y en qué medida es resultado del entorno y la práctica? ¿Existe una “personalidad creativa” universal o los rasgos que favorecen la creatividad varían por dominio y cultura? ¿Puede la inteligencia artificial ser genuinamente creativa según la definición estándar de originalidad + efectividad? ¿Cómo se relaciona la creatividad con la salud mental — la investigación muestra correlaciones tanto positivas como negativas que no están completamente explicadas?

Estas preguntas abiertas no invalidan el conocimiento acumulado. Lo sitúan en perspectiva: la creatividad es un fenómeno suficientemente complejo para que su estudio científico sea tanto intelectualmente exigente como pedagógicamente indispensable.


Conclusión: la creatividad como objeto de estudio serio

La creatividad no es un misterio insondable ni un talento que se tiene o no se tiene. Es un fenómeno psicológico complejo, con dimensiones cognitivas, motivacionales, sociales y culturales, que la investigación ha descompuesto en componentes identificables, medibles y — lo más importante para la educación — desarrollables.

Los marcos teóricos revisados en este artículo — la definición estándar de Runco y Jaeger, el modelo de las Cuatro P de Rhodes, la taxonomía Cuatro C de Kaufman y Beghetto, el modelo cognitivo de Guilford, el modelo de proceso de Wallas, la Teoría Componencial de Amabile, el sistema creativo de Csikszentmihalyi y la Teoría de la Inversión de Sternberg y Lubart — no son teorías en competencia. Son perspectivas complementarias sobre un fenómeno multidimensional.

Entenderlas en conjunto es entender por qué la creatividad no puede reducirse a una sola intervención, técnica o actividad. Es entender que desarrollar la creatividad requiere trabajar simultáneamente sobre las habilidades cognitivas del individuo, su conocimiento del dominio, su motivación intrínseca y las condiciones del entorno en que trabaja.

Es, en definitiva, entender por qué la creatividad es un proyecto educativo de largo plazo que merece toda la seriedad que la investigación le ha dedicado.


Referencias

Amabile, T. M. (2012). Componential theory of creativity (Working Paper No. 12-096). Harvard Business School. https://www.hbs.edu/faculty/Pages/item.aspx?num=42469

Csikszentmihalyi, M. (1996). Creativity: Flow and the psychology of discovery and invention. HarperCollins.

Glăveanu, V. P. (2013). Rewriting the language of creativity: The five A’s framework. Review of General Psychology, 17(1), 69–81. https://doi.org/10.1037/a0029528

Guilford, J. P. (1950). Creativity. American Psychologist, 5(9), 444–454. https://doi.org/10.1037/h0063487

Guilford, J. P. (1967). The nature of human intelligence. McGraw-Hill.

Kaufman, J. C., & Beghetto, R. A. (2009). Beyond big and little: The four C model of creativity. Review of General Psychology, 13(1), 1–12. https://doi.org/10.1037/a0013688

Plucker, J. A., & Beghetto, R. A. (2004). Why creativity is domain general, why it looks domain specific, and why the distinction does not matter. In R. J. Sternberg, E. L. Grigorenko, & J. L. Singer (Eds.), Creativity: From potential to realization (pp. 153–167). American Psychological Association.

Rhodes, M. (1961). An analysis of creativity. Phi Delta Kappan, 42(7), 305–311.

Ritter, S. M., & Dijksterhuis, A. (2014). Creativity — the unconscious foundations of the incubation period. Frontiers in Human Neuroscience, 8, 215. https://doi.org/10.3389/fnhum.2014.00215

Runco, M. A., & Jaeger, G. J. (2012). The standard definition of creativity. Creativity Research Journal, 24(1), 92–96. https://doi.org/10.1080/10400419.2012.650092

Sternberg, R. J., & Lubart, T. I. (1996). Investing in creativity. American Psychologist, 51(7), 677–688. https://doi.org/10.1037/0003-066X.51.7.677

Wallas, G. (1926). The art of thought. Harcourt Brace.

Publicado el

Cómo evaluar la creatividad en estudiantes universitarios (sin caer en la subjetividad)

como evaluar la creatividad

Tiempo de lectura: 15 minutos · Autores clave: Guilford · Torrance · Alabbasi et al. · Karunarathne & Calma · Xu & Tognolini · Jönsson & Panadero · Keywords: evaluar creatividad en el aula · evaluación creatividad educación superior · rúbrica creatividad · tests pensamiento divergente · TTCT · assessment creatividad · evaluación formativa creatividad · habilidades creativas estudiantes

Existe un problema que casi todo docente universitario que ha intentado trabajar la creatividad en su aula ha encontrado en algún momento: llega el momento de evaluar, y la sensación es de estar en territorio sin mapas. ¿Con qué criterio se pone nota a una idea original? ¿Quién decide qué tan creativo es un trabajo? ¿No es todo esto inevitablemente subjetivo?

Es una preocupación legítima. Y, si se deja sin resolver, tiene consecuencias graves: los docentes evitan evaluar la creatividad explícitamente, los estudiantes reciben retroalimentación vaga sobre sus procesos creativos, y la creatividad termina siendo un objetivo curricular declarado que nunca se mide ni se desarrolla de verdad.

La buena noticia es que la investigación en psicología cognitiva y evaluación educativa lleva décadas trabajando este problema, y ha producido herramientas concretas, validadas y replicables que permiten evaluar la creatividad con rigor — sin que “rigor” signifique reducir la evaluación a una prueba de opción múltiple, y sin que “creatividad” signifique dejar todo a la impresión subjetiva del evaluador.

Este artículo presenta las principales herramientas disponibles, sus fundamentos teóricos, sus limitaciones honestas y las implicaciones concretas para el docente universitario que quiera evaluar la creatividad de sus estudiantes de manera rigurosa y justa.


El problema de fondo: qué significa evaluar la creatividad

Antes de hablar de herramientas, es necesario aclarar qué se está evaluando cuando se evalúa la creatividad. La confusión sobre esto es la fuente principal del malestar docente ante la evaluación creativa.

La investigación psicológica define la creatividad, en términos operacionales, como la producción de ideas, procesos o productos que son simultáneamente novedosos (originales, estadísticamente infrecuentes) y adecuados (útiles, relevantes para un objetivo específico) (Amabile, 2012; Guilford, 1967). Esta definición dual es fundamental: una idea puede ser original pero completamente inútil (no es creativa en sentido pleno), o puede ser útil pero completamente convencional (tampoco es creativa). La creatividad genuina requiere ambas condiciones.

Esta definición operacional tiene una implicación directa para la evaluación: evaluar la creatividad no es lo mismo que evaluar el “gusto” del evaluador. Es posible construir criterios explícitos para determinar si un producto, proceso o idea cumple con las condiciones de novedad y adecuación en un contexto dado. Esos criterios son, por definición, enseñables y evaluables.

Karunarathne y Calma (2024), en un estudio publicado en Studies in Higher Education (University of Melbourne, DOI: 10.1080/03075079.2023.2225532), señalan el estado actual del problema con claridad:

“The importance of creativity for survival in modern society is well recognised. However, the development of creative thinking skills through formal education still needs more attention, and the assessment of creative thinking skills using valid models in higher education is under-researched.”

Que la evaluación de la creatividad en educación superior esté sub-investigada no significa que no existan herramientas. Significa que los docentes universitarios tienen poco acceso a ellas — y este artículo busca cerrar esa brecha.


Las tres dimensiones que se pueden evaluar

La investigación sobre creatividad identifica tres dimensiones principales que pueden evaluarse de manera diferenciada: el potencial creativo, el proceso creativo y el producto creativo. Comprender la diferencia entre estas tres dimensiones es el primer paso para diseñar una evaluación con sentido.

Dimensión 1 — Potencial creativo

El potencial creativo se refiere a las capacidades cognitivas del estudiante que hacen posible el pensamiento creativo: fluidez, flexibilidad, originalidad y elaboración — las cuatro dimensiones del pensamiento divergente identificadas por Guilford (1967). Evaluar el potencial creativo significa evaluar la capacidad del estudiante para generar ideas originales, no el resultado final de un proyecto específico.

El instrumento más utilizado y validado para evaluar el potencial creativo es el Torrance Tests of Creative Thinking (TTCT), desarrollado por E. Paul Torrance en los años sesenta. Alabbasi, Paek, Kim y Cramond (2022), en una revisión comprehensiva publicada en Frontiers in Psychology (PubMed Central, DOI: 10.3389/fpsyg.2022.1000385), describen el alcance del instrumento:

“This review aims to offer school psychologists and other educators such as teachers, policymakers, and curriculum designers a comprehensive and practical guide to one of the most well-known creativity assessments — the Torrance Tests of Creative Thinking (TTCT) that was developed by E. Paul Torrance in the 1960s. The paper discusses the history, components, training, psychometric properties, and uses of the TTCT. Contrary to the notion that the TTCT is only a measure of divergent thinking skills, the current article presents its other uses.”

Los mismos autores verifican la solidez del instrumento: el TTCT ha demostrado alta fiabilidad y validez durante seis décadas, con validación en más de 2.000 estudios en todo el mundo, en 35 idiomas, incluyendo validaciones en español (Krumm et al., 2016).

Sin embargo, el TTCT tiene limitaciones importantes que el docente universitario debe conocer. Como señala Xu y Tognolini (2022), en un artículo accedido directamente desde las actas de la conferencia HEAd’22 de la Universitat Politècnica de València, los tests psicométricos de creatividad — incluyendo el TTCT — “are based on a norm-referenced assessment and can only provide minimal information about what students know and can do in relation to creativity.” En otras palabras: el TTCT mide el potencial creativo en condiciones artificiales y comparando al estudiante con su cohorte, pero no proporciona información sobre cómo ese potencial se despliega en tareas reales del dominio disciplinar.

Para el docente universitario, el TTCT puede ser una herramienta útil de diagnóstico al inicio de un curso — para conocer el perfil de pensamiento divergente de sus estudiantes — pero no es el instrumento más adecuado para la evaluación formativa o sumativa del aprendizaje creativo en la asignatura.

Dimensión 2 — Proceso creativo

El proceso creativo se refiere a cómo el estudiante trabaja: cómo formula el problema, cómo genera y selecciona ideas, cómo prototipa y refina su solución, cómo aprende del error. Evaluar el proceso significa observar y documentar el recorrido, no solo el destino.

Esta dimensión es especialmente relevante en la educación superior porque refleja directamente las competencias que se quiere desarrollar: pensamiento divergente, tolerancia a la ambigüedad, capacidad de reformular problemas, disposición a iterar. Un estudiante puede producir un resultado final mediocre por razones externas (limitaciones de tiempo, recursos, información) pero haber desplegado un proceso creativo de alta calidad. Evaluar solo el producto final invisibiliza ese proceso.

Las herramientas más adecuadas para evaluar el proceso creativo son los portafolios (colecciones documentadas del proceso de trabajo a lo largo del tiempo), los diarios de proceso (registros del estudiante sobre sus decisiones, exploraciones y aprendizajes), y las rúbricas de proceso que detallan criterios específicos para cada etapa del proceso creativo.

Xu y Tognolini (2022) son explícitos en señalar la limitación de los enfoques actuales: “the priority of representing and measuring student creativity will be given to the creative process and the creative outcome.” La necesidad de evaluar el proceso — y no solo el resultado — es uno de los consensos más sólidos en la investigación sobre evaluación de la creatividad en educación superior.

Dimensión 3 — Producto creativo

El producto creativo es el resultado tangible del proceso: el trabajo escrito, el prototipo, el diseño, el proyecto, la solución. Es la dimensión que más habitualmente se evalúa en las aulas universitarias, pero también la que más frecuentemente se evalúa sin criterios explícitos para la creatividad — limitándose a criterios técnicos o de contenido.

Evaluar la dimensión creativa de un producto requiere criterios específicos orientados a la novedad y la adecuación. Karunarathne y Calma (2024) utilizaron en su investigación tres dimensiones tomadas del marco PISA para evaluar la creatividad: expresión creativa, creación de conocimiento y resolución creativa de problemas — un modelo que ofrece una estructura transdiciplinar aplicable a distintos dominios del conocimiento universitario.


Las rúbricas analíticas: la herramienta más accesible para el docente

Para la mayoría de los docentes universitarios, la herramienta más práctica para evaluar la creatividad sin caer en la subjetividad es la rúbrica analítica bien diseñada.

Una rúbrica analítica descompone la creatividad en dimensiones evaluables por separado y define descriptores para distintos niveles de desempeño en cada dimensión. No elimina el juicio del evaluador — ninguna herramienta puede hacerlo — pero lo estructura, lo hace explícito y lo hace comunicable a los estudiantes antes de que produzcan su trabajo.

Jönsson y Panadero (2017), en su trabajo sobre el diseño y uso de rúbricas para la evaluación del aprendizaje, verificado desde Scaling up Assessment for Learning in Higher Education (Springer), concluyen que la evaluación fiable de las competencias complejas puede mejorarse con el uso de rúbricas, especialmente si son analíticas, específicas al dominio y complementadas con ejemplos (exemplars) y entrenamiento de evaluadores. Este hallazgo tiene una implicación directa: una rúbrica genérica de creatividad — que sirva igual para diseño, escritura, ingeniería y trabajo social — tendrá menor fiabilidad que una rúbrica específica diseñada para el dominio y la tarea concreta.

Para el docente universitario que quiera diseñar su propia rúbrica de creatividad, Xu y Tognolini (2022) proponen un proceso de tres pasos basado en el modelo de evaluación referenciado por estándares (standards-referenced model):

Paso 1 — Definir claramente el constructo: antes de diseñar la rúbrica, es necesario definir qué se entiende por creatividad en el contexto específico de la asignatura. ¿Se evalúa la originalidad de las ideas generadas? ¿La calidad del proceso de reformulación del problema? ¿La adecuación de las soluciones al contexto real? La definición orienta todo lo demás.

Paso 2 — Identificar las dimensiones evaluables: a partir de la definición, se identifican las variables de progreso — las dimensiones específicas que se evaluarán. Para una asignatura centrada en pensamiento creativo, estas podrían incluir: originalidad de las ideas (novedad estadística respecto al dominio), adecuación al objetivo (utilidad en el contexto dado), elaboración (nivel de desarrollo y detalle), y flexibilidad (variedad de perspectivas exploradas).

Paso 3 — Describir los niveles de desempeño: para cada dimensión, se redactan descriptores para distintos niveles — desde el desempeño inicial hasta el avanzado. Los descriptores deben ser suficientemente específicos para que distintos evaluadores lleguen a la misma calificación ante el mismo trabajo, pero suficientemente amplios para no excluir expresiones creativas inesperadas.


La Técnica de Evaluación Consensuada (CAT): cuando se necesita rigor en la evaluación de productos

Para contextos donde la evaluación del producto creativo requiere mayor rigor — trabajos finales, proyectos de grado, presentaciones evaluadas por jurado — la herramienta más validada es la Consensual Assessment Technique (CAT), desarrollada originalmente por Amabile (1982).

La CAT se basa en un principio conceptualmente sólido: la creatividad de un producto puede estimarse de manera fiable mediante el juicio independiente de múltiples expertos en el dominio, sin que estos necesiten llegar a un acuerdo previo sobre los criterios. Los expertos evalúan el nivel de creatividad del producto de manera holística (frecuentemente en una escala de 1 a 7), y el promedio de sus evaluaciones independientes produce una puntuación suficientemente fiable.

Lo que hace de la CAT una herramienta especialmente valiosa para la evaluación universitaria es que no requiere que la creatividad se reduzca a una lista de criterios preestablecidos. Los expertos del dominio — sean docentes, profesionales o académicos — tienen juicio experto sobre qué es original y adecuado en su campo, y ese juicio colectivo, cuando se sistematiza correctamente, produce evaluaciones con alta consistencia inter-evaluador.

Las limitaciones de la CAT son igualmente importantes. Primero: requiere múltiples evaluadores con experiencia en el dominio, lo que es costoso en tiempo y recursos. Segundo: no proporciona retroalimentación específica al estudiante sobre qué aspectos de su trabajo son más o menos creativos — dice cuánto, pero no qué ni por qué. Tercero: es menos adecuada para la evaluación formativa (durante el proceso de aprendizaje) y más adecuada para la evaluación sumativa de productos terminados.


El modelo PISA como marco transdiciplinar

Para los docentes que buscan un marco de evaluación de la creatividad aplicable a múltiples disciplinas, el modelo desarrollado por la OCDE para la evaluación de la creatividad en PISA ofrece una estructura de tres dimensiones que ha sido validada en contextos educativos reales.

Karunarathne y Calma (2024) utilizaron este modelo en su investigación con 150 estudiantes universitarios de primer año de economía y negocios en la Universidad de Melbourne, estructurando la evaluación en tres grandes ejes:

Expresión creativa (creative expression): la capacidad de expresar ideas propias de manera original en un formato dado — un texto, un visual, una propuesta. Se evalúa la originalidad de la expresión y la autonomía respecto a los modelos convencionales del dominio.

Creación de conocimiento (knowledge creation): la capacidad de generar nuevo conocimiento o perspectivas originales a partir de la información existente. Se evalúa la capacidad de síntesis innovadora, de conexión entre dominios y de generación de hipótesis o perspectivas no convencionales.

Resolución creativa de problemas (creative problem solving): la capacidad de identificar y formular problemas de manera original y de generar soluciones novelas y adecuadas. Es la dimensión que conecta más directamente con los modelos CPS revisados en artículos anteriores de esta serie.

Los hallazgos de Karunarathne y Calma son especialmente útiles para el diseño pedagógico: identificaron que los estudiantes de primer año tenían déficits específicos en expresión creativa y resolución creativa de problemas, y que la tarea de evaluación auténtica diseñada para el estudio produjo mejoras medibles en ambas dimensiones a lo largo del semestre. Esto confirma que la evaluación bien diseñada no es solo una herramienta de medición: es en sí misma una intervención pedagógica que desarrolla la creatividad.


Cinco errores frecuentes en la evaluación de la creatividad universitaria

La investigación sobre evaluación creativa en educación superior permite identificar cinco errores que los docentes cometen con mayor frecuencia.

Error 1 — Evaluar solo el producto final, ignorando el proceso

Un producto final mediocre puede ser el resultado de un proceso creativo de alta calidad interrumpido por circunstancias externas. Un producto final brillante puede ser el resultado de un proceso convencional bien ejecutado. Evaluar exclusivamente el producto final ofrece una imagen incompleta y frecuentemente injusta de las capacidades creativas del estudiante.

Error 2 — Usar la misma rúbrica para evaluar creatividad que para evaluar calidad técnica

Originalidad y calidad técnica son criterios distintos y no necesariamente correlacionados. Un trabajo puede ser técnicamente impecable y completamente convencional. Un trabajo puede ser altamente original y técnicamente imperfecto. Una rúbrica que mezcla ambos criterios sin distinguirlos produce evaluaciones que no miden la creatividad de manera diferenciada.

Error 3 — Penalizar la originalidad que no coincide con las expectativas del docente

Uno de los hallazgos más consistentes de la investigación sobre evaluación de la creatividad es que los evaluadores tienden a preferir las ideas que confirman sus supuestos previos sobre lo que es una “buena solución”. Este sesgo — que Jönsson y Panadero (2017) identifican como uno de los principales riesgos de la evaluación sin rúbrica — puede hacer que la evaluación “creativa” termine recompensando la conformidad con las expectativas del docente en lugar de la originalidad genuina.

Error 4 — No comunicar los criterios de evaluación a los estudiantes antes del trabajo

Si los estudiantes no saben con qué criterios se evaluará la creatividad de su trabajo antes de producirlo, no pueden orientar sus esfuerzos de manera informada. Peor aún: pueden interpretar la ausencia de criterios explícitos como una señal de que lo que importa es “impresionar” al docente, lo que genera producción estéticamente elaborada pero no necesariamente original. Los criterios explícitos antes del trabajo son una condición necesaria para la evaluación justa de la creatividad.

Error 5 — Evaluar la creatividad con un único evaluador sin calibración previa

La fiabilidad de las evaluaciones de creatividad mejora significativamente cuando múltiples evaluadores evalúan de manera independiente antes de comparar resultados, cuando los evaluadores se entrenan con ejemplos del nivel esperado (exemplars), y cuando existe un proceso de discusión y calibración entre evaluadores. Evaluar la creatividad en solitario, sin ninguno de estos procesos, produce evaluaciones más susceptibles al sesgo individual del evaluador.


Una propuesta de rúbrica mínima para el aula universitaria

A partir de la evidencia revisada, es posible proponer una estructura mínima de rúbrica para evaluar la creatividad en trabajos universitarios de distintas disciplinas. Esta propuesta integra las dimensiones de Guilford (1967), el marco PISA utilizado por Karunarathne y Calma (2024) y los principios de diseño de rúbricas de Xu y Tognolini (2022).

Dimensión 1 — Originalidad: ¿En qué medida la idea, solución o perspectiva presentada difiere de las respuestas convencionales del dominio? Nivel básico: reproduce perspectivas estándar sin modificación. Nivel intermedio: introduce variaciones sobre perspectivas existentes. Nivel avanzado: propone perspectivas genuinamente nuevas para el dominio o el contexto.

Dimensión 2 — Adecuación: ¿En qué medida la idea o solución responde de manera pertinente al problema o desafío planteado? Nivel básico: la solución es tangencial o parcialmente relevante. Nivel intermedio: la solución es pertinente pero con limitaciones importantes. Nivel avanzado: la solución responde de manera directa y eficaz al desafío planteado.

Dimensión 3 — Elaboración: ¿En qué medida la idea o solución está desarrollada, especificada y argumentada? Nivel básico: la idea está esbozada sin desarrollo. Nivel intermedio: la idea está desarrollada con algunos argumentos o detalles. Nivel avanzado: la idea está plenamente desarrollada, especificada y fundamentada con evidencia o razonamiento.

Dimensión 4 — Proceso (cuando se evalúa): ¿En qué medida el proceso documentado muestra exploración de múltiples alternativas, reformulación del problema y aprendizaje de los errores? Nivel básico: el proceso muestra una única línea de desarrollo sin exploración de alternativas. Nivel intermedio: el proceso muestra exploración de algunas alternativas con criterios implícitos de selección. Nivel avanzado: el proceso muestra exploración amplia, reformulación explícita del problema y criterios claros de selección basados en la retroalimentación recibida.

Esta estructura debe adaptarse al dominio específico y a la tarea concreta, incorporando exemplars — ejemplos de trabajos en cada nivel — para calibrar el juicio del evaluador y comunicarlo con claridad a los estudiantes.


La evaluación formativa como desarrollo creativo

Una de las conclusiones más importantes de la investigación revisada es que la evaluación bien diseñada no es solo una medición del nivel creativo de los estudiantes: es en sí misma una intervención que desarrolla su creatividad.

Karunarathne y Calma (2024) lo documentan en su estudio: los estudiantes que participaron en la tarea de evaluación auténtica diseñada para medir las tres dimensiones del marco PISA mostraron mejoras medibles en pensamiento creativo a lo largo del semestre. La estructura de la tarea — que exigía expresión creativa, creación de conocimiento y resolución creativa de problemas — actuó como andamiaje (scaffolding) para el desarrollo de esas competencias.

Esto tiene una implicación pedagógica directa: diseñar la evaluación de la creatividad con criterios claros y compartidos no solo permite medir mejor — también enseña a los estudiantes qué significa pensar creativamente en el contexto de su disciplina. La rúbrica, en este sentido, no es solo una herramienta de calificación: es un mapa del territorio creativo que el estudiante está aprendiendo a navegar.


Conclusión: la subjetividad no es inevitable

La evaluación de la creatividad en el aula universitaria no tiene que ser un territorio de subjetividad arbitraria. Los marcos teóricos de Guilford y Torrance, las rúbricas analíticas basadas en estándares, la Técnica de Evaluación Consensuada y el modelo PISA ofrecen herramientas concretas, validadas y aplicables para evaluar la creatividad de manera rigurosa, justa y formativa.

Lo que la investigación muestra con consistencia es que la clave no está en eliminar el juicio del evaluador — eso no es posible ni deseable — sino en estructurarlo mediante criterios explícitos, comunicarlo antes del trabajo, y calibrarlo mediante procesos de formación y ejemplificación. Un docente que hace esto está evaluando la creatividad de sus estudiantes con el mismo rigor con que evalúa cualquier otra competencia compleja.

Y está, al mismo tiempo, enseñándoles qué significa crear con intención.


Referencias

Alabbasi, A. M. A., Paek, S. H., Kim, D., & Cramond, B. (2022). What do educators need to know about the Torrance Tests of Creative Thinking: A comprehensive review. Frontiers in Psychology, 13, 1000385. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2022.1000385

Amabile, T. M. (2012). Componential theory of creativity (Working Paper No. 12-096). Harvard Business School. https://www.hbs.edu/faculty/Pages/item.aspx?num=42469

Guilford, J. P. (1967). The nature of human intelligence. McGraw-Hill.

Jönsson, A., & Panadero, E. (2017). The use and design of rubrics to support assessment for learning. In D. Carless, S. M. Bridges, C. K. Y. Chan, & R. Glofcheski (Eds.), Scaling up assessment for learning in higher education (Vol. 5, pp. 99–111). Springer.

Karunarathne, W., & Calma, A. (2024). Assessing creative thinking skills in higher education: Deficits and improvements. Studies in Higher Education, 49(1), 157–177. https://doi.org/10.1080/03075079.2023.2225532

Xu, W., & Tognolini, J. (2022). Build an assessment rubric of student creativity in higher education. In 8th International Conference on Higher Education Advances (HEAd’22). Universitat Politècnica de València. https://doi.org/10.4995/HEAd22.2022.14695

Publicado el

Pensamiento divergente vs. convergente: qué son y por qué ambos importan en el aula

Tiempo de lectura: 15 minutos · Autores clave: Guilford · Runco & Acar · Xia et al. · de Vink et al. · Quinn, Rawlings & Roome · Keywords: pensamiento divergente y convergente · pensamiento creativo · creatividad en el aula · tipos de pensamiento · fluencia flexibilidad originalidad · Guilford · TTCT · habilidades del siglo XXI · educación superior

Hay una pregunta que cualquier docente que quiera enseñar creatividad inevitablemente enfrenta: ¿cómo le explico a mis estudiantes qué es el pensamiento creativo sin que suene a algo vago, indefinible o exclusivo de las artes?

La respuesta más sólida que la psicología cognitiva ha producido en más de setenta años de investigación es esta: el pensamiento creativo no es un tipo único de proceso mental. Es la combinación eficaz de dos modos de pensamiento que la mayoría de los sistemas educativos trata como opuestos irreconciliables — el pensamiento divergente y el pensamiento convergente.

Entender qué es cada uno, cómo se relacionan y qué implica su presencia o ausencia en el aula es uno de los fundamentos teóricos más sólidos para cualquier educador que quiera trabajar la creatividad de manera rigurosa y metodológica.


El origen: la contribución de Guilford

La distinción entre pensamiento divergente y pensamiento convergente fue introducida formalmente por J. P. Guilford en su célebre discurso presidencial ante la American Psychological Association en 1950 — considerado hoy el documento fundacional de la investigación científica sobre creatividad.

En ese discurso, Guilford planteó dos preguntas que se convirtieron en el eje de su carrera: ¿Cómo podemos identificar el potencial creativo en nuestros niños y jóvenes? ¿Y cómo podemos promover el desarrollo de personalidades creativas? Para responderlas, era necesario primero entender de qué tipo de proceso cognitivo se trataba la creatividad.

Guilford identificó que los tests de inteligencia convencionales medían casi exclusivamente lo que él llamó pensamiento convergente: la capacidad de encontrar la única respuesta correcta a un problema que ya tiene solución definida. Este tipo de pensamiento es valioso y necesario, pero no es el único tipo relevante para la vida humana. Los tests convencionales de inteligencia, argumentó Guilford, penalizaban activamente el otro tipo: el pensamiento divergente.

En su modelo Estructura del Intelecto (Structure of Intellect, SOI), desarrollado a partir de 1956, Guilford clasificó las habilidades cognitivas humanas en tres dimensiones: operaciones, contenidos y productos. Dentro de las operaciones, distinguió entre producción convergente (encontrar la solución única y correcta a partir de información dada) y producción divergente (generar múltiples soluciones posibles a partir de la misma información). Esta distinción no era solo teórica: Guilford argumentaba que el sistema educativo estaba sistemáticamente subdesarrollando la producción divergente porque casi nunca la evaluaba ni la entrenaba.


Qué es el pensamiento divergente

El pensamiento divergente es la capacidad cognitiva de generar múltiples respuestas posibles, originales y variadas ante un problema abierto o una pregunta sin respuesta única. Es el modo de pensamiento que opera cuando se le pide a alguien que genere todos los usos posibles para un clip de papel, que proponga soluciones alternativas a un problema complejo, o que imagine todas las maneras posibles de terminar una historia.

Guilford identificó cuatro dimensiones del pensamiento divergente, que siguen siendo el marco de referencia estándar en la investigación contemporánea:

Fluidez (fluency): la cantidad de ideas generadas. Se mide como el número total de respuestas producidas en un tiempo determinado. Un pensador con alta fluidez genera muchas ideas, no necesariamente todas originales.

Flexibilidad (flexibility): la variedad de categorías exploradas. No se trata solo de cuántas ideas se generan, sino de cuántas categorías conceptuales distintas abarcan. Un pensador con alta flexibilidad no se queda en un solo tipo de solución.

Originalidad (originality): la rareza estadística de las ideas. Una idea es original si la produce muy poca gente. Se mide evaluando la frecuencia con que una respuesta aparece en la muestra.

Elaboración (elaboration): el nivel de detalle en el desarrollo de las ideas. Un pensador con alta elaboración no solo propone ideas sino que las desarrolla, las especifica y añade capas de complejidad.

Runco y Acar (2012), en una revisión publicada en el Creativity Research Journal y accedida directamente desde ERIC y múltiples fuentes verificadas, sintetizan el estado de la evidencia sobre los tests de pensamiento divergente con precisión:

“Divergent thinking (DT) tests are very often used in creativity studies. Certainly DT does not guarantee actual creative achievement, but tests of DT are reliable and reasonably valid predictors of certain performance criteria. The validity of DT is described as reasonable because validity is not an all-or-nothing attribute, but is, instead, a matter of degree.”

Este matiz es importante: el pensamiento divergente no es sinónimo de creatividad. Es un componente mesurable del potencial creativo. Una persona puede tener alto pensamiento divergente y no producir resultados creativos relevantes si le faltan conocimiento del dominio, motivación intrínseca o capacidad de evaluación y selección. Pero la presencia de pensamiento divergente desarrollado aumenta significativamente la probabilidad de producir ideas originales y útiles.


Los Tests de Torrance: cómo se mide el pensamiento divergente

La herramienta de evaluación del pensamiento divergente más utilizada en el mundo educativo son los Torrance Tests of Creative Thinking (TTCT), desarrollados por E. Paul Torrance a partir de los años sesenta siguiendo directamente el trabajo de Guilford. Los TTCT incluyen baterías verbales y figurativas que miden las cuatro dimensiones identificadas por Guilford.

Lo que hace de los TTCT un instrumento especialmente valioso para los educadores es su validez predictiva a largo plazo. En el seguimiento de 50 años del estudio longitudinal de Torrance, Runco, Millar, Acar y Cramond (2010) encontraron que las puntuaciones de los TTCT obtenidas en la infancia predecían los logros creativos en la vida adulta. Plucker (1999) había reanalizado los datos originales de Torrance y encontrado que las puntuaciones de los tests de pensamiento divergente en la infancia eran mejores predictores de los logros creativos adultos que la inteligencia general (CI) — un hallazgo que cuestionó directamente la manera en que la mayoría de los sistemas educativos valora y mide las capacidades de sus estudiantes.

Este dato es relevante para el educador no porque deba administrar TTCT en sus clases, sino porque evidencia que el pensamiento divergente — la capacidad que los TTCT miden — tiene consecuencias reales y duraderas sobre el desarrollo de los estudiantes. No es una habilidad decorativa ni un bonus educativo: es un predictor de rendimiento creativo a lo largo de toda la vida.


Qué es el pensamiento convergente

El pensamiento convergente es la capacidad de analizar, evaluar y seleccionar entre múltiples posibilidades para llegar a la solución más adecuada a un problema dado. Es el modo de pensamiento que opera cuando se identifica la mejor respuesta entre varias alternativas, cuando se aplica un criterio para filtrar ideas, o cuando se construye un argumento coherente que integra diferentes elementos.

En el marco del Structure of Intellect de Guilford, el pensamiento convergente corresponde a la producción convergente: dado un conjunto de información, encontrar la respuesta que la información determina. Es el tipo de pensamiento que los tests convencionales de inteligencia miden con mayor detalle — la capacidad de razonamiento lógico, de inferencia correcta, de aplicación de reglas.

El error más frecuente en la literatura divulgativa sobre creatividad es presentar el pensamiento convergente como el opuesto y enemigo del pensamiento creativo. Esta caracterización es inexacta y, para los educadores, peligrosa. La investigación contemporánea es clara: la creatividad requiere ambos tipos de pensamiento. El pensamiento divergente sin convergente produce muchas ideas pero ninguna solución. El pensamiento convergente sin divergente produce soluciones eficientes a problemas conocidos pero ninguna idea nueva.

La distinción más útil no es que uno sea “creativo” y el otro “analítico”, sino que operan en momentos distintos del proceso creativo y con lógicas distintas: la divergencia expande el espacio de posibilidades; la convergencia lo reduce de manera deliberada hasta llegar a la solución más adecuada.


La evidencia: los dos tipos de pensamiento funcionan en interacción

La investigación más reciente ha avanzado significativamente en documentar cómo el pensamiento divergente y el convergente interactúan en contextos educativos reales.

Quinn, Rawlings y Roome (2025), en un estudio publicado en Thinking & Reasoning (Taylor & Francis), examinaron la relación entre pensamiento divergente y pensamiento convergente en adultos usando las dos tareas estándar de la literatura: el Alternate Uses Task (AUT) para pensamiento divergente y el Remote Associates Test (RAT) para pensamiento convergente. Encontraron asociaciones positivas entre las puntuaciones de fluidez, originalidad, elaboración y una puntuación compuesta del AUT con las puntuaciones del RAT — es decir, que mayor pensamiento divergente se asoció con mayor pensamiento convergente. Sus hallazgos sugieren que la creatividad emerge de la interacción entre ambos procesos cognitivos y que las habilidades medidas por ambas tareas tienen solapamiento significativo.

De Vink, Willemsen, Lazonder y Kroesbergen (2022), en un estudio publicado en el British Journal of Educational Psychology con estudiantes de quinto grado de primaria, investigaron cómo ambos tipos de pensamiento se relacionaban con el rendimiento matemático. Sus hallazgos, accedidos desde PubMed (PMID 34496047), son especialmente relevantes para docentes:

“Background: Creativity requires both divergent and convergent thinking. Previous research established that divergent thinking relates to mathematics performance, but generally ignored the role of convergent thinking.”

Sus resultados mostraron que el papel del pensamiento divergente era doble: complementa al pensamiento convergente en tareas de solución múltiple, y lo compensa en tareas de solución única. En otras palabras: en matemáticas (y por extensión en otras disciplinas), el pensamiento divergente no solo produce más ideas sino que también mejora la calidad del pensamiento analítico cuando este solo no es suficiente. Esta interacción no es intuitiva para muchos docentes, que suelen tratar las matemáticas como territorio exclusivo del pensamiento convergente.


El hallazgo incómodo: el sistema educativo entrena uno y descuida el otro

Xia, Kang, Chen, Ouyang y Hu (2021), en un estudio publicado en Frontiers in Psychology (PubMed Central, DOI: 10.3389/fpsyg.2021.695002), investigaron el efecto de la formación en diseño sobre el pensamiento divergente y convergente en 120 estudiantes universitarios divididos en tres grupos: estudiantes de diseño de nivel avanzado (con al menos cuatro años de formación), estudiantes de diseño de primer año, y estudiantes de carreras no relacionadas con el diseño.

Su abstract expone el problema central del artículo con claridad:

“Design training programs that teach creativity often emphasize divergent thinking (generation of ideas) more than convergent thinking (evaluation of ideas). We hypothesized that training would lead to more both types of creativity, but especially divergent thinking.”

Los resultados confirmaron la hipótesis: los estudiantes avanzados de diseño superaron significativamente a los otros dos grupos en pensamiento divergente. Pero no encontraron la misma diferencia en pensamiento convergente. La conclusión del estudio tiene implicaciones directas para el diseño pedagógico: los programas que enseñan creatividad tienden a desarrollar el pensamiento divergente pero no el convergente con la misma eficacia. Esto significa que los estudiantes salen de esos programas mejor equipados para generar ideas, pero sin haber desarrollado en igual medida la capacidad de evaluarlas, seleccionarlas y llevarlas a soluciones concretas.

Este hallazgo no es un argumento contra el entrenamiento del pensamiento divergente. Es un argumento a favor de diseñar la enseñanza de la creatividad de manera más completa, asegurando que ambos tipos de pensamiento sean entrenados explícitamente.


Por qué el sistema educativo suprime el pensamiento divergente

Si el pensamiento divergente es tan valioso, ¿por qué los sistemas educativos lo desarrollan tan poco?

La respuesta estructural es simple: la mayoría de las evaluaciones educativas miden exclusivamente el pensamiento convergente. Los exámenes de respuesta única, los tests de opción múltiple, los problemas matemáticos con solución única verificable — todos estos instrumentos miden la capacidad de encontrar la respuesta correcta ya establecida. No miden la capacidad de generar múltiples posibilidades, de explorar categorías distintas, de proponer ideas estadísticamente infrecuentes.

El resultado acumulado de años de evaluación exclusivamente convergente es que los estudiantes aprenden, implícitamente, que hay una respuesta correcta y que su tarea es encontrarla. Aprender que la respuesta correcta se puede ser múltiple, que explorar más posibilidades aumenta la probabilidad de encontrar la mejor solución, que la “respuesta rara” puede ser la más valiosa — todo esto requiere un entorno que lo modele y lo evalúe activamente.

Guilford ya señalaba este problema en 1950: el sistema educativo estaba produciendo pensadores convergentes eficientes y subdesarrollando el potencial divergente de sus estudiantes. Más de setenta años después, la investigación de Xia et al. (2021) muestra que incluso los programas específicamente diseñados para enseñar creatividad pueden cometer el mismo error, enfatizando la generación de ideas sin trabajar igualmente la capacidad de evaluarlas.


La dinámica DT/CT en el aula: no una elección sino una secuencia

Uno de los marcos más útiles para aplicar estos conceptos en la práctica docente es lo que la investigación en educación matemática ha denominado dinámica DT/CT (divergent thinking / convergent thinking dynamics).

La idea es que el proceso creativo en el aula no es una elección entre “hacer pensamiento divergente” o “hacer pensamiento convergente” — es una secuencia deliberada que alterna entre ambos modos de manera repetida. En la fase divergente, se generan muchas posibilidades sin filtro. En la fase convergente, se selecciona, refina y desarrolla. La calidad del resultado depende de la calidad de ambas fases.

De Vink et al. (2022) son precisos en este punto: la interacción entre ambos tipos de pensamiento permite a los estudiantes implementar la solución más adecuada entre un rango de opciones, lo que es especialmente valioso cuando no existe una solución aprendida disponible — es decir, exactamente cuando el pensamiento creativo es necesario.

Para el docente, esto tiene una implicación pedagógica concreta: no basta con permitir el pensamiento divergente (tiempo libre para generar ideas). Es necesario también enseñar los criterios y procesos mediante los cuales esas ideas se evalúan y seleccionan. Y es necesario hacer esto de manera secuencial: primero expandir, luego seleccionar. Mezclar ambas fases — evaluando ideas mientras se generan — produce el peor resultado posible: pocas ideas y de baja originalidad.


Cómo integrar ambos tipos de pensamiento en el aula

La investigación revisada apunta a un conjunto de principios pedagógicos concretos para desarrollar tanto el pensamiento divergente como el convergente en el aula universitaria.

Para el pensamiento divergente:

Formular preguntas abiertas con múltiples respuestas válidas, en lugar de preguntas con una respuesta única. Pedir a los estudiantes que generen el mayor número posible de explicaciones, hipótesis o soluciones antes de evaluar ninguna. Usar la regla de la evaluación diferida en las sesiones de generación de ideas: cualquier idea que se proponga se registra antes de evaluarla. Presentar problemas del dominio disciplinar que no tengan solución conocida o que admitan múltiples abordajes.

Para el pensamiento convergente:

Enseñar criterios explícitos de evaluación antes de pedir a los estudiantes que seleccionen entre ideas generadas. Entrenar la capacidad de argumentar por qué una solución es mejor que otra en términos de criterios definidos, no de preferencia personal. Usar matrices de evaluación que ponderen múltiples criterios. Pedir a los estudiantes que identifiquen la solución más adecuada entre varias posibles, justificando la elección.

Para la dinámica entre ambos:

Diseñar actividades en dos fases claramente separadas: una fase de expansión (divergente, sin juicio) seguida de una fase de selección y refinamiento (convergente, con criterios). Hacer explícita para los estudiantes la distinción entre ambas fases — no como algo obvio, sino como una habilidad metacognitiva que vale la pena desarrollar. Retroalimentar explícitamente ambas capacidades, reconociendo tanto la originalidad de las ideas generadas como la calidad del razonamiento con que se seleccionan.


La relación entre pensamiento divergente, convergente e inteligencia

Una aclaración que los educadores frecuentemente necesitan es cómo se relacionan el pensamiento divergente y convergente con la inteligencia general medida por tests convencionales (CI).

La investigación al respecto es clara pero matizada. Existe una correlación positiva moderada entre pensamiento divergente e inteligencia general: a mayor CI, mayor probabilidad de pensamiento divergente. Sin embargo, la relación no es lineal. La hipótesis del umbral (threshold hypothesis), propuesta inicialmente por Guilford y revisada en investigaciones posteriores (Jauk et al., 2013), sugiere que por encima de un nivel de inteligencia aproximado de CI 120, el CI deja de predecir las ganancias en pensamiento divergente. Es decir: cierto nivel de inteligencia es necesario para el pensamiento divergente, pero a partir de un umbral, otros factores — motivación, apertura a la experiencia, entorno — importan más que el CI.

Este hallazgo tiene implicaciones directas para la práctica docente: el estudiante con alto CI no es automáticamente el más creativo, y el estudiante con CI moderado no tiene un techo de desarrollo en pensamiento divergente. Los dos tipos de pensamiento se desarrollan con práctica deliberada en cualquier rango de inteligencia general.


Pensamiento divergente, convergente y las habilidades del siglo XXI

El interés por el pensamiento divergente y convergente en la educación contemporánea no es solo teórico. Existe un contexto más amplio que le da urgencia práctica.

El informe Future of Jobs Report 2025 del World Economic Forum identifica el pensamiento creativo como la habilidad más demandada en el mercado laboral global. La OCDE ha integrado el pensamiento creativo como una de las competencias evaluadas en el programa PISA, incluyendo tareas de pensamiento divergente y convergente entre los ítems de evaluación. La razón estructural es la que señalábamos en el artículo sobre CPS: a medida que las tareas bien definidas con respuestas únicas son automatizadas, los problemas que quedan para los seres humanos son precisamente los que requieren pensamiento divergente para formularse correctamente y pensamiento convergente para resolverse de manera óptima.

El estudiante universitario de hoy que egresa sin haber desarrollado ambos tipos de pensamiento de manera explícita y deliberada sale con una brecha de competencia que el mercado laboral evidenciará con rapidez.


Conclusión: ni divergente sin convergente, ni convergente sin divergente

La distinción entre pensamiento divergente y convergente no es una curiosidad académica ni un debate filosófico sobre la naturaleza de la creatividad. Es una distinción operativa con consecuencias directas sobre cómo se diseña la enseñanza, qué actividades se proponen, cómo se evalúa, y qué capacidades se desarrollan en los estudiantes.

La investigación desde Guilford (1950, 1956, 1967) hasta Quinn et al. (2025) pasando por de Vink et al. (2022), Xia et al. (2021) y Runco y Acar (2012) converge en una misma conclusión: la creatividad no es ni solo divergencia ni solo convergencia. Es su interacción productiva.

El docente que entiende esta distinción tiene una ventaja concreta: puede diseñar actividades que entrenan cada modo por separado y que luego los combinan en la secuencia correcta. Puede evaluar con criterios específicos para cada modo. Y puede explicarle a sus estudiantes, con precisión teórica, qué están haciendo cognitivamente cuando generan ideas, y qué están haciendo cuando las evalúan — y por qué ambas cosas importan.


Referencias

de Vink, I. C., Willemsen, R. H., Lazonder, A. W., & Kroesbergen, E. H. (2022). Creativity in mathematics performance: The role of divergent and convergent thinking. British Journal of Educational Psychology, 92(2), e12459. https://doi.org/10.1111/bjep.12459

Guilford, J. P. (1956). The structure of intellect. Psychological Bulletin, 53(4), 267–293. https://doi.org/10.1037/h0040755

Guilford, J. P. (1967). The nature of human intelligence. McGraw-Hill.

Quinn, E., Rawlings, B. S., Taggart, R., & Roome, H. E. (2025). Divergent thinking is linked with convergent thinking: Implications for models of creativity. Thinking & Reasoning, 31(4), 586–608. https://doi.org/10.1080/13546783.2025.2485059

Runco, M. A., & Acar, S. (2012). Divergent thinking as an indicator of creative potential. Creativity Research Journal, 24(1), 66–75. https://doi.org/10.1080/10400419.2012.652929

Runco, M. A., Millar, G., Acar, S., & Cramond, B. (2010). Torrance tests of creative thinking as predictors of personal and public achievement: A fifty-year follow-up. Creativity Research Journal, 22(4), 361–368. https://doi.org/10.1080/10400419.2010.523393

Xia, T., Kang, M., Chen, M., Ouyang, J., & Hu, F. (2021). Design training and creativity: Students develop stronger divergent but not convergent thinking. Frontiers in Psychology, 12, 695002. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2021.695002

Publicado el

Creatividad y resolución de problemas: el método que cambia cómo piensas

Tiempo de lectura: 15 minutos · Autores clave: Treffinger & Isaksen · Mumford & Reiter-Palmon · Oppert et al. · Scott, Leritz & Mumford · Keywords: creatividad resolución de problemas · pensamiento creativo · Creative Problem Solving · CPS · método resolución de problemas · pensamiento divergente convergente · problemas complejos · innovación · pensamiento lateral

Casi todos los métodos de resolución de problemas que se enseñan en escuelas, universidades y empresas tienen algo en común: asumen que el problema ya está correctamente definido. Que la tarea del pensador es encontrar la respuesta correcta a una pregunta que alguien más ya formuló con precisión.

El problema es que la mayoría de los problemas reales no funcionan así.

Los problemas que realmente importan — en los negocios, en la vida profesional, en la educación, en los territorios, en las organizaciones — son lo que los investigadores llaman problemas mal estructurados (ill-structured problems): problemas donde no hay una definición única correcta, donde la información disponible es incompleta o contradictoria, donde no existe un criterio objetivo para verificar que la solución es la “correcta”, y donde cualquier intervención genera consecuencias inesperadas que modifican el problema mismo.

Frente a ese tipo de problemas, las técnicas convencionales de análisis fracasan. No porque las personas que las aplican sean poco inteligentes, sino porque fueron diseñadas para otro tipo de problemas.

Este artículo presenta el marco de la Resolución Creativa de Problemas (Creative Problem Solving, CPS) — su fundamento teórico, su estructura, la evidencia sobre su eficacia, y las implicaciones concretas para cualquier profesional o educador que quiera transformar la manera en que enfrenta los problemas complejos.


El problema con la manera en que resolvemos problemas

Antes de explicar el CPS, vale la pena entender por qué la resolución convencional de problemas tiene límites estructurales.

La mayoría de los enfoques tradicionales de resolución de problemas siguen una lógica lineal: identificar el problema → recopilar información → analizar opciones → elegir la mejor → implementar. Este proceso es perfectamente adecuado para lo que Rittel y Webber (1973) llamaron tame problems — problemas “domesticados” que tienen una solución definible, criterios claros de éxito y un estado final verificable. El diagnóstico médico de una infección bacteriana es un tame problem. La tabla de multiplicar también.

Pero los mismos autores identificaron otra categoría: los wicked problems — problemas “perversos” o “retorcidos”. Un problema perverso es aquel que no tiene una formulación definitiva, donde cada formulación del problema revela nuevos sub-problemas, donde no existe una solución correcta sino soluciones más o menos adecuadas, y donde cada intento de solución tiene consecuencias que cambian el problema. La desigualdad educativa es un wicked problem. La retención de talento en una organización también. La mayoría de los desafíos estratégicos reales lo son.

La investigación contemporánea confirma que los procesos cognitivos requeridos para abordar estos dos tipos de problemas son cualitativamente distintos. Mumford et al. (1991) identificaron, tras revisar múltiples modelos de cognición creativa, ocho procesos centrales implicados en la mayoría de los episodios de resolución creativa de problemas: construcción del problema, búsqueda de información, selección de conceptos, combinación y reorganización conceptual, generación de ideas, evaluación de ideas, planificación de la implementación, y monitoreo. El primero de esos procesos — la construcción del problema — es el más crítico y el más consistentemente ignorado.


Por qué definir el problema es más importante que resolverlo

Uno de los hallazgos más contraintuitivos y mejor documentados de la investigación sobre creatividad y resolución de problemas es que la calidad de la solución depende fundamentalmente de la calidad con que se construye el problema antes de intentar resolverlo.

Murugavel y Reiter-Palmon (2018), en un estudio publicado en Frontiers in Psychology (PubMed Central, PMID 30455654), investigaron el efecto de la construcción del problema en los procesos y resultados creativos de equipos de trabajo. Su abstract describe el hallazgo central:

“Although research on the benefits of problem construction within the creative process is expanding, research on team problem construction is limited. This study investigates the cognitive process of problem construction and identification at the team level.”

Los resultados del estudio mostraron que los equipos que participaron activamente en el proceso de construcción y definición del problema antes de generar ideas produjeron ideas más originales que los equipos que comenzaron directamente con la generación de soluciones. La implicación es clara: invertir tiempo en definir bien el problema no es un paso preparatorio trivial — es una intervención cognitiva que mejora cualitativamente la originalidad de las soluciones generadas.

Esta conclusión está respaldada por décadas de investigación sobre expertos y novatos. Las revisiones de Mumford y colegas muestran consistentemente que los expertos dedican más tiempo que los novatos a estructurar y formular el problema antes de buscar soluciones, y que los científicos más exitosos pasan más tiempo definiendo los problemas que les interesan antes de comenzar a investigarlos. La habilidad creativa de alto nivel no reside en generar muchas ideas rápidamente: reside en formular los problemas de maneras que hagan posible generar ideas verdaderamente originales.


Qué es el Creative Problem Solving (CPS)

El Creative Problem Solving (CPS) es un marco metodológico desarrollado a lo largo de más de seis décadas para abordar precisamente el tipo de problemas complejos, abiertos y mal estructurados que los métodos convencionales no manejan bien.

Sus orígenes se remontan a 1953, cuando Alex Osborn — creador del brainstorming — publicó Applied Imagination, donde por primera vez articuló un proceso sistemático para facilitar el pensamiento creativo orientado a la resolución de problemas. Sidney Parnes extendió y validó académicamente ese trabajo, y el modelo evolucionó durante décadas hasta la versión que hoy se conoce como CPS Version 6.1™, desarrollada por Donald Treffinger y Scott Isaksen con el Centro de Aprendizaje Creativo.

Treffinger e Isaksen (2013), en un artículo publicado en el International Journal for Talent Development and Creativity, accedido directamente en texto completo desde ERIC, definen el CPS con precisión:

“CPS builds on both creative and critical thinking (in harmony with each other). The CPS Version 6.1™ framework incorporates guidelines and specific tools for generating ideas (‘creative’ thinking) and focusing ideas (‘critical’ thinking), and involves four components (Understanding the Challenge, Generating Ideas, Preparing for Action, and Planning Your Approach) and eight specific stages.”

El CPS Version 6.1™ comprende cuatro componentes principales:

1. Understanding the Challenge (Comprender el desafío): engloba tres etapas — Constructing Opportunities (construir oportunidades), Exploring Data (explorar datos) y Framing Problems (formular el problema). Este componente, frecuentemente el más subestimado, se dedica a asegurarse de que el equipo está trabajando sobre el problema correcto, no solo sobre el problema declarado.

2. Generating Ideas (Generar ideas): la etapa de expansión máxima de posibilidades, donde se producen muchas opciones sin juicio previo, usando herramientas de pensamiento divergente.

3. Preparing for Action (Preparar la acción): comprende Developing Solutions (desarrollar soluciones) y Building Acceptance (construir aceptación), donde las ideas se transforman en planes concretos y se anticipan las resistencias a la implementación.

4. Planning Your Approach (Planificar el enfoque): los componentes de Appraising Tasks y Designing Process permiten a los equipos adaptar el proceso CPS a las características específicas del problema y del contexto.

Lo que distingue al CPS de otros métodos es su énfasis en la alternancia deliberada entre pensamiento divergente (generar muchas posibilidades sin filtro) y pensamiento convergente (seleccionar y refinar). Treffinger e Isaksen son explícitos: el CPS no es solo una técnica de generación de ideas. Es un proceso completo que integra creatividad y pensamiento crítico “en armonía, no en oposición.”


La evidencia: el CPS funciona en contextos reales

La pregunta relevante para cualquier profesional o educador es si el CPS produce resultados reales y medibles, o si es simplemente una metodología pedagógica atractiva. La evidencia disponible, acumulada durante seis décadas, es contundente.

Treffinger e Isaksen (2013) sintetizan la base empírica del modelo:

“CPS tools are proven (having been used successfully for more than six decades and supported by extensive research), portable (readily learned and applied across a variety of situations by people of all ages), powerful (able to produce important changes in one’s life and work), practical (applicable to everyday problems as well as complex, long-term challenges), and positive (capable of being used constructively and collaboratively by groups as well as able to be applied individually).”

Scott, Leritz y Mumford (2004), en el meta-análisis sobre efectividad del entrenamiento creativo basado en 70 estudios previos —verificado directamente en artículos anteriores de esta serie— encontraron que los programas de entrenamiento mejor diseñados son aquellos que, precisamente, se enfocan en el desarrollo de habilidades cognitivas y las heurísticas para aplicarlas mediante ejercicios realistas apropiados al dominio. El CPS satisface exactamente esos criterios.

Oppert et al. (2022), en un estudio de métodos mixtos publicado en Frontiers in Psychology (DOI: 10.3389/fpsyg.2021.759226), investigaron el CPS en el contexto real del trabajo de ingenieros — un campo que enfrenta exactamente el tipo de problemas complejos y mal estructurados para los que el CPS fue diseñado. El abstract del estudio establece:

“The future of work is forcing the world to adjust to a new paradigm of working. New skills will be required to create and adopt new technology and working methods. Additionally, cognitive skills, particularly creative problem-solving, will be highly sought after.”

Sus hallazgos confirman que el proceso de construcción del problema — la fase inicial del CPS — es especialmente valioso en entornos de trabajo bajo presión, donde la tendencia habitual es lanzarse a resolver el problema tal como se presenta, sin cuestionarlo. Los ingenieros que aplicaron activamente la construcción del problema encontraron formulaciones más ricas y generaron soluciones más originales que aquellos que procedieron directamente a la generación de ideas.


Las dos operaciones cognitivas que el CPS entrena

Para entender por qué el CPS produce mejores resultados que los enfoques convencionales, es necesario entender las dos operaciones cognitivas centrales que entrena de manera explícita.

Pensamiento divergente: cantidad primero

El pensamiento divergente es la capacidad de generar múltiples respuestas posibles a un problema abierto. Es la operación cognitiva que el CPS activa en sus fases de exploración y generación de ideas.

La investigación sobre pensamiento divergente muestra que la calidad creativa de las ideas aumenta significativamente cuando el número de ideas generadas es alto. Este fenómeno — conocido informalmente como el “principio de Linus Pauling” (el ganador del Premio Nobel afirmaba que la mejor manera de tener buenas ideas es tener muchas ideas) — ha sido verificado experimentalmente. Las ideas más originales tienden a aparecer más tarde en el proceso de generación, no al principio. Esto significa que interrumpir la generación demasiado pronto, evaluando las primeras ideas como “buenas” o “malas”, elimina sistemáticamente las ideas más creativas antes de que puedan emerger.

El CPS entrena la habilidad de diferir el juicio — mantener suspendida la evaluación durante la fase de generación — como una competencia cognitiva explícita. Esto no es algo que la mayoría de los profesionales hace naturalmente. Requiere práctica deliberada.

Pensamiento convergente: calidad después

El pensamiento convergente es la operación complementaria: la capacidad de evaluar, seleccionar y refinar las ideas generadas, aplicando criterios explícitos para identificar las más prometedoras y desarrollarlas en planes de acción viables.

El error más frecuente en los intentos de aplicar creatividad a la resolución de problemas es tratar estos dos modos de pensamiento como incompatibles — como si la creatividad fuera solo la generación libre de ideas y el pensamiento crítico fuera su enemigo. El CPS parte de una premisa opuesta: divergencia y convergencia son complementarias y necesarias en cada fase del proceso.

La investigación de Mumford y colegas sobre los procesos cognitivos en la resolución creativa de problemas muestra que la evaluación de ideas — cuando se hace correctamente, con criterios explícitos aplicados sobre un conjunto suficientemente amplio de opciones generadas — es uno de los procesos que más contribuye a la calidad final de las soluciones. No evaluar ideas es tan problemático como evaluar demasiado pronto.


El CPS en la práctica: los cuatro errores que cometen los equipos

La mayoría de los equipos que intentan resolver problemas complejos cometen cuatro errores predecibles que el CPS está específicamente diseñado para corregir.

Error 1 — Resolver el problema declarado sin cuestionarlo

El problema que se presenta en una reunión, en un briefing o en un informe casi nunca es el problema real. Es una interpretación del problema, frecuentemente condicionada por los supuestos de quien lo formuló. El CPS obliga a dedicar tiempo a la fase de Framing Problems antes de generar ninguna solución, haciendo preguntas del tipo “¿En qué sentido podría esto ser un problema de X?” o “¿Qué necesitamos lograr realmente?” Esta reformulación suele revelar oportunidades y restricciones que el enunciado original no contenía.

Error 2 — Evaluar ideas mientras se generan

En la mayoría de las reuniones de trabajo, las ideas se evalúan en el momento en que se proponen. Alguien dice “¿y si hacemos X?” y de inmediato otra persona responde “eso no funcionaría porque…” Este patrón — evaluación prematura — es el principal asesino de la creatividad en contextos grupales. Genera autocensura, reduce la diversidad de ideas y elimina sistemáticamente las propuestas más arriesgadas y originales antes de que puedan explorarse. El CPS estructura deliberadamente sesiones separadas de divergencia y convergencia para romper este patrón.

Error 3 — Generar pocas ideas antes de evaluar

Relacionado con el anterior: la mayoría de los equipos detiene la generación de ideas cuando tienen “suficientes” opciones para evaluar — generalmente tres o cuatro. La investigación muestra que este umbral es arbitrario y contraproducente. La probabilidad de que la solución más original esté entre las primeras cuatro ideas generadas es baja. El CPS utiliza herramientas específicas (brainstorming estructurado, SCAMPER, pensamiento analógico) para extender la fase de generación más allá del punto natural de comodidad del equipo.

Error 4 — No planificar la implementación

Muchos procesos creativos producen ideas brillantes que nunca se implementan. La causa más frecuente no es falta de recursos: es falta de trabajo en la fase de Building Acceptance — anticipar las resistencias, identificar a las personas cuyo apoyo es necesario, y diseñar la comunicación del cambio. El CPS dedica un componente entero a esta fase, reconociendo que la aceptación de las soluciones creativas es tan problemática como su generación.


Por qué el CPS importa en el contexto laboral actual

La relevancia del CPS para el profesional contemporáneo no es solo teórica. Existe evidencia convergente de que la resolución creativa de problemas se está convirtiendo en una competencia crítica del mercado laboral.

Oppert et al. (2022) señalan en su abstract que el paradigma del futuro del trabajo exige nuevas habilidades para crear y adoptar nuevas tecnologías y métodos de trabajo, y que las habilidades cognitivas — en particular la resolución creativa de problemas — serán “highly sought after.” Esta afirmación está respaldada por múltiples análisis del mercado laboral: el World Economic Forum, en su informe Future of Jobs de 2025, identifica el pensamiento creativo como la habilidad más valorada en el mercado de trabajo global, por encima de habilidades técnicas y digitales específicas.

La razón es estructural. En la medida en que las tareas rutinarias, analíticas y bien definidas son automatizadas por sistemas de inteligencia artificial, los problemas que quedan para los seres humanos son precisamente los más complejos, ambiguos y mal estructurados. Exactamente los que el CPS fue diseñado para abordar.

Esto no significa que el CPS sea una respuesta a todos los desafíos del trabajo contemporáneo. Significa que la habilidad de construir problemas correctamente, generar múltiples posibilidades sin censura prematura, y transformar ideas originales en planes implementables es una competencia que distinguirá de manera creciente a quienes puedan resolver problemas complejos de quienes no puedan.


Cómo comenzar a aplicar el CPS en tu trabajo

El CPS no requiere una certificación ni un programa de formación de semanas para comenzar a generar valor. Hay tres prácticas concretas con las que cualquier profesional puede empezar inmediatamente.

Práctica 1 — Reformular antes de resolver

La próxima vez que te enfrentes a un problema en el trabajo, antes de buscar soluciones, dedica diez minutos a escribir entre cinco y diez formulaciones alternativas del mismo problema. Empieza cada frase con “¿Cómo podríamos…?” (How might we…?). Verás que algunas reformulaciones revelan aspectos del problema que la formulación original no capturaba, y que algunas de ellas abren posibilidades de solución completamente distintas.

Práctica 2 — Separar físicamente la generación de la evaluación

En tu próxima sesión grupal de resolución de problemas, establece una regla explícita: durante los primeros 15 minutos, cualquier idea que se proponga se anota sin comentarios ni evaluación. Solo después de que el grupo haya generado un número suficiente de ideas (al menos 20 o 30, no 4 o 5) se abre la fase de evaluación con criterios explícitos. El efecto sobre la calidad y diversidad de las ideas suele ser inmediato y sorprendente.

Práctica 3 — Evaluar con criterios, no con intuición

Cuando llegue el momento de evaluar las ideas generadas, resiste la tentación de elegir las que “se sienten bien”. El CPS ofrece herramientas de evaluación convergente como la Evaluation Matrix, que pondera cada idea contra criterios explícitos definidos por el equipo (costo, tiempo de implementación, impacto esperado, viabilidad técnica, etc.). Este proceso no elimina la intuición — la captura y la hace visible para el equipo.


El CPS como método de aprendizaje

Una de las contribuciones menos discutidas del CPS es su valor como metodología de aprendizaje, no solo de resolución de problemas. Treffinger e Isaksen (2013) son explícitos al respecto:

“Engagement in creativity and CPS is demanding, but also rewarding. After a period of extended work on a creative project, or in a problem-solving group, it is very common for people to say: ‘I’m exhausted; I would never have believed thinking could be such hard work— but it was worth it!'”

Este fenómeno — el agotamiento productivo que sigue a una sesión de CPS bien facilitada — es en sí mismo una señal de que algo cualitativamente diferente ocurrió. Las personas que han trabajado en un proceso CPS riguroso no solo han generado soluciones al problema que abordaron: han entrenado capacidades cognitivas. Han practicado la construcción de problemas. Han ejercitado el pensamiento divergente. Han aprendido a evaluar ideas con criterios en lugar de con prejuicios.

Esto hace del CPS una herramienta especialmente valiosa en contextos educativos, donde el objetivo no es solo resolver el problema presentado sino desarrollar en los estudiantes la capacidad de abordar problemas que aún no existen.


Conclusión: el problema es el método

La diferencia entre las personas que resuelven problemas de manera creativa y las que no raramente reside en la inteligencia o el talento. Reside en el método.

Los profesionales que abordan los problemas complejos de su trabajo con la misma lógica lineal que funcionaba para los problemas bien definidos de la escuela inevitablemente producen soluciones convencionales a problemas no convencionales. No porque no sean capaces de más, sino porque nunca aprendieron a hacer lo que el CPS enseña: construir el problema antes de resolverlo, generar posibilidades antes de evaluarlas, y transformar ideas en planes antes de celebrarlas.

La evidencia acumulada durante más de seis décadas de investigación y práctica — desde los estudios de Parnes y Noller hasta el meta-análisis de Scott, Leritz y Mumford (2004), y desde la investigación de Murugavel y Reiter-Palmon (2018) sobre construcción de problemas hasta el estudio de Oppert et al. (2022) sobre ingenieros en el futuro del trabajo — converge en una conclusión sencilla: el CPS funciona, puede enseñarse, y produce diferencias medibles en la calidad y originalidad de las soluciones a problemas complejos.

La pregunta no es si vale la pena aprender a usarlo. La pregunta es cuándo empezar.


Referencias

Isaksen, S. G., Dorval, K. B., & Treffinger, D. J. (2011). Creative approaches to problem solving: A framework for change (3rd ed.). SAGE Publications.

Murugavel, V. R., & Reiter-Palmon, R. (2018). The effect of problem construction on team process and creativity. Frontiers in Psychology, 9, 2098. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2018.02098

Mumford, M. D., Mobley, M. I., Uhlman, C. E., Reiter-Palmon, R., & Doares, L. M. (1991). Process analytic models of creative capacities. Creativity Research Journal, 4(2), 91–122. https://doi.org/10.1080/10400419109534380

Oppert, M. L., Dollard, M. F., Murugavel, V. R., Reiter-Palmon, R., Reardon, A., Cropley, D. H., & O’Keeffe, V. (2022). A mixed-methods study of creative problem solving and psychosocial safety climate: Preparing engineers for the future of work. Frontiers in Psychology, 12, 759226. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2021.759226

Rittel, H. W. J., & Webber, M. M. (1973). Dilemmas in a general theory of planning. Policy Sciences, 4(2), 155–169. https://doi.org/10.1007/BF01405730

Scott, G., Leritz, L. E., & Mumford, M. D. (2004). The effectiveness of creativity training: A quantitative review. Creativity Research Journal, 16(4), 361–388. https://doi.org/10.1080/10400410409534549

Treffinger, D. J., & Isaksen, S. G. (2013). Teaching and applying creative problem solving: Implications for at-risk students. International Journal for Talent Development and Creativity, 1(1), 87–97. https://files.eric.ed.gov/fulltext/EJ1301380.pdf

Treffinger, D. J., & Isaksen, S. G. (2005). Creative problem solving: The history, development, and implications for gifted education and talent development. Gifted Child Quarterly, 49(4), 342–353. https://doi.org/10.1177/001698620504900407

Publicado el

Cómo desarrollar una mentalidad creativa: guía práctica para profesionales

Tiempo de lectura: 15 minutos · Autores clave: Amabile · Csikszentmihalyi · He & Chiang · Zhou et al. · Shaw & Yu · Keywords: cómo desarrollar la creatividad · mentalidad creativa · creatividad para profesionales · motivación intrínseca · flow · hábitos creativos · creatividad en el trabajo · pensamiento creativo · innovación profesional

La mayoría de los profesionales llega a un punto en su carrera donde siente que la creatividad es algo que otros tienen y ellos no. El ingeniero que envidia la soltura del diseñador. La directora de proyectos que observa con admiración al colega que siempre propone la idea inesperada. El abogado que quisiera abordar los problemas de sus clientes con más originalidad.

Lo que esas personas rara vez saben es que la creatividad que admiran no es un rasgo innato. Es el resultado de hábitos, condiciones y prácticas que se pueden aprender, cultivar y sostener. Y hay décadas de investigación para demostrarlo.

Esta guía está construida sobre esa evidencia. No ofrece atajos ni fórmulas mágicas. Ofrece lo que la psicología de la creatividad ha identificado como los factores realmente determinantes para desarrollar una mentalidad creativa en contextos profesionales.


Por qué la mayoría de los profesionales subestima su propia creatividad

Antes de hablar de cómo desarrollar la creatividad, vale la pena entender por qué tantos profesionales creen que no son creativos.

La causa principal es conceptual: la cultura popular ha reducido la creatividad a un tipo muy específico de talento — artístico, excéntrico, espontáneo — que la mayoría de las personas no reconoce en sí misma. Pero esa imagen es tanto una distorsión como una trampa. La investigación contemporánea distingue con claridad entre la llamada Big-C creativity — la creatividad de Einstein, Picasso o Mozart — y la little-c creativity: la creatividad cotidiana que permite resolver problemas de manera original, generar ideas útiles y ver conexiones no evidentes en cualquier campo de conocimiento (Csikszentmihalyi, 1996).

Esta segunda forma de creatividad — la que importa en la vida profesional — no requiere un talento excepcional. Requiere una mentalidad y unas condiciones específicas que pueden construirse de manera deliberada.

He y Chiang (2024), en un estudio publicado en Frontiers in Psychology (PubMed Central) basado en los marcos teóricos de la cognición social y la teoría del mindset, examinaron el papel de las creencias implícitas sobre la creatividad en el pensamiento creativo de las personas. Su abstract establece un hallazgo central:

“Creativity, commonly defined as the production of an idea or product that is novel and useful, has long been an important research topic due to its significant contribution to personal success and societal progress. Notably, an increasing research attention has been paid to a subset of implicit theories of creativity (i.e., creative mindset), which specifically pertains to people’s beliefs regarding the stable-versus-malleable nature of creativity.”

La implicación práctica es directa: las personas que creen que la creatividad es fija e innata tienden a no esforzarse por desarrollarla. Las que creen que es maleable y entrenable actúan de manera distinta ante los desafíos creativos, persisten más ante el fracaso y, en consecuencia, producen resultados más creativos. La creencia precede al comportamiento.


El modelo de Amabile: los cuatro componentes que puedes desarrollar

El punto de partida teórico más sólido para entender cómo desarrollar la creatividad profesional es la Teoría Componencial de la Creatividad de Teresa Amabile, investigadora de Harvard Business School. Según el abstract de su Working Paper verificado directamente desde la página de publicaciones de HBS:

“The componential theory of creativity is a comprehensive model of the social and psychological components necessary for an individual to produce creative work. The theory is grounded in a definition of creativity as the production of ideas or outcomes that are both novel and appropriate to some goal. In this theory, four components are necessary for any creative response: three components within the individual — domain-relevant skills, creativity-relevant processes, and intrinsic task motivation — and one component outside the individual — the social environment in which the individual is working.” (Amabile, 2012, p. 1)

Lo que hace de este modelo una herramienta práctica excepcional es su implicación inmediata: los cuatro componentes son intervenibles. Ninguno es fijo. Ninguno depende de un talento que se tiene o no se tiene. Todos pueden desarrollarse con trabajo deliberado.

Veamos qué significa eso para un profesional concreto.

Componente 1 — Habilidades en el dominio

El primer componente es el conocimiento profundo del campo en que se trabaja. La creatividad no ocurre en el vacío: necesita un sustrato de información, conceptos, principios y experiencias acumuladas sobre los que operar. Sin conocimiento del dominio, el pensamiento divergente produce ideas que pueden ser originales pero no adecuadas ni útiles.

Para el profesional que quiere ser más creativo, esto implica una paradoja aparente: estudiar más, no menos. Leer fuera de la zona de confort del propio campo. Asistir a conferencias de disciplinas adyacentes. Desarrollar lo que Amabile denomina perspectivas múltiples sobre el propio dominio de conocimiento.

La investigación confirma que los profesionales más creativos no son necesariamente los más “libres” en su pensamiento, sino los que tienen mayor conocimiento del campo en combinación con la disposición a cuestionarlo. Saber mucho sobre un dominio permite ver dónde están los supuestos no cuestionados — y ahí es exactamente donde viven las oportunidades creativas.

Componente 2 — Procesos relevantes para la creatividad

El segundo componente comprende el estilo cognitivo y las habilidades mentales que facilitan el pensamiento creativo: tolerancia a la ambigüedad, disposición a explorar caminos no convencionales, capacidad de suspender el juicio durante la generación de ideas y habilidad para hacer conexiones entre dominios aparentemente no relacionados.

Estos procesos no son rasgos de personalidad fijos. Son habilidades que se entrenan. Un profesional que nunca ha practicado el pensamiento divergente puede desarrollarlo mediante ejercicios específicos (la Tarea de Usos Alternativos de Guilford, las técnicas SCAMPER, el brainstorming estructurado). Un profesional que tiende a evaluar las ideas prematuramente puede aprender a diferir el juicio. Un profesional con baja tolerancia a la ambigüedad puede desarrollar esa capacidad mediante exposición gradual a problemas abiertos.

Amabile también señala que estos procesos cognitivos pueden ser inhibidos por el entorno. La vigilancia excesiva, las evaluaciones constantes y la presión de tiempo intensa no solo generan estrés: activamente bloquean los procesos mentales asociados al pensamiento creativo (Amabile, 2012). Este hallazgo tiene consecuencias directas para cómo los profesionales deben gestionar sus condiciones de trabajo si quieren ser más creativos.

Componente 3 — Motivación intrínseca

El tercer componente es el más poderoso y el más frecuentemente descuidado en los intentos de estimular la creatividad profesional: la motivación intrínseca, definida como el interés genuino, el disfrute y el sentido personal de desafío ante la tarea misma.

Amabile demostró mediante décadas de investigación que las personas son sistemáticamente más creativas cuando están motivadas principalmente por el trabajo en sí — su interés intrínseco, el placer de explorar, el reto intelectual — que cuando están motivadas por recompensas externas, evaluaciones amenazantes o competencia de suma cero. No es que los incentivos externos sean irrelevantes: Amabile (2012) matizó con el tiempo que algunos motivadores extrínsecos pueden coexistir con la creatividad si se presentan de manera que confirmen la competencia y la autonomía en lugar de controlarla. Pero la motivación intrínseca sigue siendo el núcleo.

La implicación práctica para el profesional es significativa: la pregunta “¿cómo puedo ser más creativo?” puede estar mal formulada. La pregunta más productiva es “¿qué tipo de trabajo me genera genuinamente curiosidad, interés y energía?” La creatividad tiende a aparecer en esa intersección.

Componente 4 — El entorno social

El cuarto componente trasciende al individuo: el entorno en que trabaja tiene efectos medibles y directos sobre su creatividad. Amabile y Pratt (2016), en la revisión más reciente de la teoría componencial publicada en Research in Organizational Behavior, introdujeron el concepto de progreso en trabajo significativo como uno de los principales catalizadores de la creatividad cotidiana.

Este hallazgo quedó documentado con especial rigor en el libro The Progress Principle (Amabile & Kramer, 2011), basado en el análisis de casi 12.000 entradas de diarios escritos por 238 empleados en 7 empresas a lo largo de meses de trabajo. Los resultados identificaron que el avance en trabajo significativo era el factor motivacional número uno en el día a día de los trabajadores — muy por encima de incentivos económicos, reconocimiento o apoyo interpersonal. La frase de Amabile en la Harvard Gazette captura la esencia: “Making progress in meaningful work was the #1 day-to-day motivator, and by a huge margin.”

Para el profesional, esto significa que el entorno importa tanto como la actitud individual. Un entorno que facilita el progreso diario, que reduce obstáculos, que tolera el error como parte del proceso y que otorga autonomía en la ejecución del trabajo es un entorno que favorece estructuralmente la creatividad.


Csikszentmihalyi y el flujo: la condición óptima para el trabajo creativo

El segundo gran marco teórico para entender cómo desarrollar la creatividad profesional proviene de Mihaly Csikszentmihalyi y su concepto de flow — el estado de flujo.

Csikszentmihalyi (1990, 1996) identificó que las personas describen sus mejores experiencias creativas en términos muy consistentes: una sensación de absorción total en la tarea, pérdida de la noción del tiempo, ausencia de autoconciencia, y una sensación de control y dominio que resulta intrínsecamente gratificante. A este estado lo llamó flow, y lo identificó como la condición psicológica óptima tanto para el rendimiento como para la creatividad.

Lo que hace del flujo una contribución especialmente útil para el profesional es que Csikszentmihalyi identificó las condiciones específicas que lo generan — y que pueden construirse de manera deliberada:

1. Equilibrio entre desafío y habilidad. El flujo ocurre cuando la dificultad de la tarea se corresponde aproximadamente con el nivel de habilidad del profesional. Si el desafío es demasiado alto, genera ansiedad. Si es demasiado bajo, produce aburrimiento. El profesional que quiere acceder al flujo necesita calibrar activamente el nivel de dificultad de sus tareas.

2. Claridad de objetivos. Las tareas con objetivos claros y retroalimentación inmediata favorecen el flujo. Las tareas ambiguas, sin métricas visibles de progreso, lo dificultan. Esto no significa que toda tarea deba ser perfectamente definida: significa que el profesional puede crear sus propios indicadores de progreso cuando el entorno no los provee.

3. Retroalimentación inmediata. El flujo requiere saber si lo que se está haciendo va en la dirección correcta. Los profesionales creativos tienden a construir bucles de retroalimentación rápidos — colegas de confianza que reaccionan a borradores tempranos, métricas propias de avance, revisiones frecuentes del propio trabajo.

4. Concentración sostenida. El flujo es incompatible con la interrupción constante. Los profesionales que trabajan en entornos de alta interrupción — correo electrónico, notificaciones, reuniones fragmentadas — rara vez experimentan estados de flujo profundo. Crear bloques de tiempo protegidos para el trabajo creativo no es un lujo: es una condición necesaria para el pensamiento creativo de calidad.


La mentalidad de crecimiento creativo: creer que se puede desarrollar

He y Chiang (2024) distinguen en su investigación entre dos tipos de mindset creativo: el fijo (fixed creative mindset), que concibe la creatividad como un rasgo estable e innato, y el de crecimiento (growth creative mindset), que la concibe como maleable y desarrollable mediante esfuerzo y práctica.

Su hallazgo más importante, accedido directamente desde PubMed Central, es que la motivación para la creatividad actúa como mediador entre el tipo de mindset y el pensamiento creativo real. En otras palabras: tener una mentalidad de crecimiento creativo no produce directamente más creatividad. Lo hace a través de un mecanismo motivacional — genera mayor disposición a intentar, a persistir y a invertir esfuerzo en procesos creativos.

Zhou et al. (2020), en un estudio publicado en Frontiers in Psychology con 282 empleados en empresas reales, encontraron que el growth creative mindset predecía el desempeño creativo evaluado por supervisores, y que este efecto estaba mediado por el esfuerzo: las personas con mentalidad de crecimiento creativo se esforzaban más en sus tareas creativas. El fixed creative mindset, en cambio, no predecía significativamente el desempeño creativo. Su abstract es directo: “Growth mindset, but not fixed mindset, was significantly related to creative performance, and such an effect was mediated by effort.” (Zhou et al., 2020)

Para el profesional, esto tiene una consecuencia práctica muy concreta: el trabajo de desarrollar la creatividad comienza en las creencias. Antes de buscar técnicas, antes de reorganizar el entorno, antes de leer sobre pensamiento divergente, vale la pena preguntarse honestamente: ¿Creo que puedo ser más creativo si me lo propongo? Si la respuesta honesta es “no”, ese es el primer obstáculo que resolver.


Apertura a la experiencia: el rasgo que más predice la creatividad profesional

La investigación sobre personalidad y creatividad identifica consistentemente la apertura a la experiencia (openness to experience) como el rasgo de personalidad más fuertemente asociado con el comportamiento creativo en contextos profesionales.

Shaw y Yu (2023), en un estudio publicado en Frontiers in Psychology (PubMed Central) con datos de empleados en entornos laborales reales, encontraron que la apertura a la experiencia predecía la creatividad tanto en contextos laborales como extra-laborales. Más importante aún: encontraron que en el entorno de trabajo, la apertura a la experiencia interactuaba con la extraversión y la responsabilidad (conscientiousness) para predecir el desempeño creativo evaluado por supervisores.

La apertura a la experiencia incluye rasgos como la curiosidad intelectual, la imaginación activa, la sensibilidad estética, la disposición a considerar perspectivas no convencionales y el interés genuino por ideas nuevas y complejas. La buena noticia, consistente con la teoría del mindset de crecimiento, es que estos rasgos no son completamente fijos: pueden cultivarse de manera intencional.

Prácticas concretas para desarrollar apertura a la experiencia:

Buscar activamente la exposición a campos del conocimiento ajenos al propio. Leer biografías y estudios de casos de personas que resolvieron problemas de maneras inesperadas. Practicar la escucha profunda en conversaciones con personas que piensan diferente. Cultivar la tolerancia al desconcierto inicial ante ideas o prácticas que no se entienden de inmediato. Llevar un diario de observaciones, preguntas e ideas — no necesariamente respuestas.

Ninguna de estas prácticas requiere talento. Todas requieren intención y consistencia.


Cinco hábitos concretos para construir una mentalidad creativa

La investigación revisada converge en un conjunto de prácticas que los profesionales pueden implementar de manera inmediata. No son fórmulas: son estructuras que crean las condiciones internas y externas que la creatividad necesita para aparecer.

Hábito 1 — Proteger tiempo de trabajo profundo y sin interrupciones

El flujo, identificado por Csikszentmihalyi como la condición óptima para el trabajo creativo, requiere concentración sostenida. Esto significa definir bloques de tiempo diarios — idealmente 90 minutos a dos horas — dedicados exclusivamente a tareas de alta exigencia cognitiva, sin notificaciones, sin correo electrónico, sin reuniones. La investigación sobre el ritmo ultradian sugiere que estos bloques de alta concentración alternados con períodos de recuperación activa son la estructura temporal que mejor favorece el rendimiento creativo sostenido.

Hábito 2 — Alimentar la motivación intrínseca identificando trabajo significativo

Amabile es explícita: la creatividad florece en el trabajo que el profesional encuentra genuinamente interesante y significativo. Esto no siempre implica cambiar de trabajo. A menudo implica reorganizar las responsabilidades existentes para incrementar la proporción de tareas que generan interés real, autonomía en la ejecución y sensación de progreso. La pregunta que un profesional debería hacerse regularmente es: ¿qué parte de mi trabajo me genera genuinamente curiosidad? La respuesta señala hacia dónde dirigir la energía creativa.

Hábito 3 — Buscar activamente el desequilibrio productivo

Csikszentmihalyi demostró que el flujo — y por extensión el pensamiento creativo — ocurre en la zona de equilibrio entre desafío y habilidad. Para desarrollar la mentalidad creativa, el profesional necesita buscar activamente tareas ligeramente por encima de su nivel actual de comodidad. No tan difíciles que generen parálisis. Sí suficientemente desafiantes para activar la búsqueda de soluciones nuevas. Esto significa aceptar proyectos que impliquen alguna incertidumbre, tomar responsabilidades que requieran habilidades no completamente dominadas, y resistir la tentación de quedarse siempre en la zona de competencia establecida.

Hábito 4 — Construir un entorno que facilite el progreso visible

Amabile y Kramer (2011) demostraron que el avance en trabajo significativo es el principal catalizador de la motivación y la creatividad cotidiana. El profesional puede construir este entorno de manera deliberada: usando tableros visuales de proyectos que muestren el avance, definiendo micro-objetivos semanales con métricas claras de logro, documentando pequeños avances que de otra manera pasarían desapercibidos. La visibilidad del progreso no solo motiva: activa los estados psicológicos positivos que Amabile asocia con mayor creatividad.

Hábito 5 — Practicar la exposición deliberada a ideas fuera del dominio propio

La investigación sobre las conexiones que caracterizan el pensamiento creativo muestra consistentemente que las ideas más originales emergen en la intersección de dominios del conocimiento que normalmente no interactúan. El profesional que solo lee sobre su campo estrecho desarrolla un conocimiento profundo pero un repertorio de conexiones limitado. Dedicar tiempo semanal a leer sobre campos adyacentes o completamente distintos — historia, ciencias naturales, psicología, diseño, filosofía — no es una actividad recreativa opcional. Es una inversión directa en la materia prima del pensamiento creativo.


Lo que el entorno hace por ti (y en tu contra)

Una de las conclusiones más importantes de la investigación de Amabile es que la creatividad profesional no es solo un asunto individual. El entorno en que trabaja una persona puede estimularla o suprimirla de manera significativa, con independencia de sus habilidades y motivación.

Los factores del entorno que más consistentemente inhiben la creatividad profesional son, según la investigación: la evaluación amenazante (ser juzgado por el resultado de las ideas antes de que puedan desarrollarse), la vigilancia excesiva (sentir que el proceso de trabajo está constantemente observado y controlado), la presión de tiempo extrema (plazos tan cortos que impiden la exploración), y la ausencia de autonomía (no tener control sobre cómo se ejecuta el trabajo, solo sobre si se completa).

Zadow et al. (2023), en un estudio publicado en Frontiers in Psychology (PubMed Central) sobre clima de seguridad psicosocial en entornos digitales de trabajo, encontraron que un entorno con alta seguridad psicológica — donde los empleados sienten que sus opiniones son valoradas, que el error no tiene consecuencias punitivas, y que existe apoyo real de líderes y compañeros — predice significativamente mayor creatividad e innovación, incluso controlando otros factores individuales.

Para el profesional que trabaja en una organización, esto implica dos acciones paralelas: trabajar en los factores individuales que la investigación identifica como desarrollables (mentalidad, hábitos, motivación, apertura a la experiencia), y al mismo tiempo evaluar honestamente si el entorno en que trabaja facilita o bloquea su creatividad — y, si es posible, intervenir sobre él.


El error más frecuente: esperar la inspiración

Uno de los obstáculos más comunes en el desarrollo de la mentalidad creativa profesional no es la falta de talento ni la ausencia de técnicas. Es la espera pasiva de la inspiración.

La investigación psicológica sobre el proceso creativo muestra con consistencia que la inspiración no es el punto de partida del trabajo creativo: es frecuentemente su resultado. Las ideas más originales tienden a aparecer durante o después de periodos de trabajo sostenido e intencional sobre un problema — no antes. El acto de empezar a trabajar, de explorar aunque sea sin dirección clara, de generar ideas aunque sean malas al principio, crea las condiciones mentales para que emerja la originalidad.

Csikszentmihalyi documenta este patrón en las entrevistas con los 91 individuos excepcionalmente creativos de su investigación (1996): casi ninguno describía su proceso creativo como comenzar por una iluminación repentina. Describían trabajo persistente, saturación del problema, y luego — frecuentemente en momentos de descanso o en la frontera entre la vigilia y el sueño — la aparición de una conexión no evidente.

Para el profesional, el corolario es claro: la mentalidad creativa no se desarrolla esperando sentirse inspirado. Se desarrolla trabajando, practicando y creando las condiciones para que el pensamiento creativo ocurra con mayor frecuencia y con mayor calidad.


Conclusión: la creatividad como práctica, no como estado

Desarrollar una mentalidad creativa no es un evento. Es un proceso continuo que implica construir conocimiento en el propio dominio, entrenar habilidades cognitivas específicas, cultivar la motivación intrínseca, crear condiciones de trabajo que favorezcan el flujo y la seguridad psicológica, y sostener la creencia — fundamentada en la evidencia — de que la creatividad puede desarrollarse.

Amabile (2012) lo formula con precisión: la creatividad está en su punto más alto cuando un individuo intrínsecamente motivado, con alta competencia en el dominio y alta habilidad en procesos creativos, trabaja en un entorno que apoya la creatividad. Esos cuatro factores son intervenibles. Todos ellos.

La pregunta no es si eres creativo o no. La pregunta es cuál de esos cuatro factores necesitas desarrollar primero.


Referencias

Amabile, T. M. (2012). Componential theory of creativity (Working Paper No. 12-096). Harvard Business School. https://www.hbs.edu/faculty/Pages/item.aspx?num=42469

Amabile, T. M., & Kramer, S. J. (2011). The progress principle: Using small wins to ignite joy, engagement, and creativity at work. Harvard Business Review Press. https://www.hbs.edu/faculty/Pages/item.aspx?num=40692

Amabile, T. M., & Pratt, M. G. (2016). The dynamic componential model of creativity and innovation in organizations: Making progress, making meaning. Research in Organizational Behavior, 36, 157–183. https://doi.org/10.1016/j.riob.2016.10.001

Csikszentmihalyi, M. (1990). Flow: The psychology of optimal experience. Harper & Row.

Csikszentmihalyi, M. (1996). Creativity: Flow and the psychology of discovery and invention. HarperCollins.

He, Z., & Chiang, F.-K. (2024). From growth and fixed creative mindsets to creative thinking: An investigation of the mediating role of creativity motivation. Frontiers in Psychology, 15, 1353271. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2024.1353271

Shaw, A., & Yu, A. (2023). Different personality factors drive work and non-work creativity. Frontiers in Psychology, 14, 1099345. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2023.1099345

Zadow, A. J., Loh, J. M. I., Dollard, M. F., Mathisen, G., & Yantcheva, V. (2023). Psychosocial safety climate as a predictor of work engagement, creativity, innovation, and work performance: A case study of software engineers. Frontiers in Psychology, 14, 1130620. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2023.1130620

Zhou, Y., Yang, W., & Bai, X. (2020). Creative mindsets: Scale validation in the Chinese setting and generalization to the real workplace. Frontiers in Psychology, 11, 463. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2020.00463